El día en que se me olvidó mi cumpleaños

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Tal vez no me lo perdone nunca. O quizá no llegue a entender cómo ocurrió. Pero olvidé una de las fechas más inolvidables. No era precisamente mi cumpleaños (lo aclaro antes de que se cuestionen el título), mas era la fiesta del nacimiento espiritual y artístico de mucha de la juventud de esta generación, incluso de quienes ya pasaron la frontera de la cuarta edad y aún están dispuestos a sentirse cumpleañeros en este día.

Era el onomástico más dulce. Se cumplían 25 años del nacimiento de un ser lleno de miel, que se ha movido de escenario en escenario y nos ha puesto a cantar y bailar junto a Elpidio Valdés, The Beatles, Silvio Rodríguez, Cenicienta y los Van Van, por recordar a algunos. Tal vez ya sean pistas suficientes para que descubran la intención de soplar velitas desde este espacio a la Colmena de Cuba, la compañía de teatro infantil, o simplemente La Colmenita del gran amigo Tin. ¿Qué más presentaciones requiere lo universalmente nuestro? El pasado 14 de febrero (¡vaya causalidades del destino!), las colmeneras y colmeneros de todos los tiempos desbarataban la piñata de las distancias para conjurar un cumpleaños mundial de cariños.

Y repito que no tiene explicación el olvido. Si hasta que fuera el Día del amor y la amistad anunciaba lo obvio. Y es que en esa relación de constante recibir se crea un espíritu de total entrega que muchas veces coloca en el rol eterno de embajador del amor a una de las partes. Surge entonces una complicidad que no requiere formalidades ni perdones, fechas especiales o celebraciones. Porque las disculpas no tienen lugar allí donde no entran los rencores. Y quien se habitúa a recibir amor de modo tan natural y único, no repara en fechas ni recordatorios: ama y se da, como nos hemos entregado todos estos años a las historias y malabares sentimentales de estos hacedores de miel.

Y como para cada día especial o para cada día común, siempre está La Colmenita para crear lo único y trocarlo en caricia al corazón, ¿qué podríamos inventarles quienes llevamos en las venas más de su miel que los habituales glóbulos que se dicen rojos y blancos?, ¿qué homenaje debíamos preparar los que después de una terapia colmenera hemos acabado con glóbulos negros y amarillos para siempre?

Ya le he dicho a Tin que lo he querido todo el tiempo. Y él ha sonreído y me ha adoptado como hija eterna, o hermana, porque no sé bien si él podría asumir el rol de persona mayor, por esa manía suya y de la colmena de llevar los ojos en las rodillas, a la altura del corazón de los pequeños. Tin me ha hecho un lugar, como sé que crea un espacio en su corazón para cualquier colmenera o colmenero descarriado que ande aún errante por los aires de la vida. Siempre hay un lugar en esa colmena inmensa que nació un 14 de febrero de 1990, casi dos meses antes de que yo viniera al mundo, aunque ha vivido más que cualquiera de los que cumplimos 25 años, por esa virtud inmedible de vivir en otros.

Porque La Colmenita crece y se multiplica por todas las latitudes y los colores de nuestra esencia, hace nacer otras por Cuba y el planeta, y acaba dibujando del color de la felicidad la vida de los que saben querer, incluso de aquellos que en el mundo tienen un destino diferente al de los nuestros y terminan trocando su futuro para bien, gracias a tanta miel y a tantos abrazos de propóleos como los que han regalado en estos años.

Y como me ha contado Tin que sus dos estadíos preferidos en la especie humana son los de niño y guajiro, espero que no tenga problemas para incorporar el de los olvidadizos, esos que andamos demasiado entretenidos soñando con la miel y no nos detenemos a pensar en el cumpleaños de La Colmenita de la que brota. Pero la queremos, sin duda. Y sabemos que nunca es tarde para soplar las velitas y pedir el deseo de la miel eterna.

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