El loco más cuerdo

Autor:

Wilmer Rodríguez Fernández

Caminando apurado, intranquilo siempre, saludando con cariño a sus amigos y hasta a los desconocidos, se le ve al Loquillo por las calles del Vedado, en el estudio y redacciones del Noticiero nacional, por los poblados y bateyes de Cuba o en las ciudades del mundo. Y siempre con su cámara de televisión, sujetándola junto a su rostro alegre o triste, moviéndola para atraparlo todo.

La cámara para él es como la guitarra para Silvio, el piano para Frank o para Fabelo el pincel. Él no se desprende de ella, siempre está dispuesto a grabar la mejor de las imágenes y lo observa todo como solo lo saben hacer los buenos artistas del lente, para con su sensibilidad captar música, colores y una realidad que pocos o casi nadie ve. Ese es el Loco, el hombre que nos muestra planos que sueña y solo él sabe hacer realidad.

Cuentan que por lo inquieto que es y por las riesgosas locuras que ha vivido junto a su cámara en andanzas profesionales por selvas, ríos y montañas de América, por conflictos armados internacionales o en decenas de cumbres en todos los continentes, unos lo bautizaron como el Loco y otros como el Loquillo.

De él se aprende todos los días. Es de los maestros que la vida nos pone en el camino después de la Universidad, de esos profesores que no tienen vacaciones, de los padres que siempre ofrecen el mejor de los consejos y de los amigos en todo momento. El Loco no solo enseña las técnicas de televisión a los periodistas jóvenes, sino que comparte con ellos las buenas y no tan buenas experiencias de la vida.

De él aprendí los secretos del sacrificio y del desinterés, a no pedir nada a cambio del esfuerzo y la virtud, sino trabajo y más trabajo. Me enseñó que el mejor reportaje o documental aún está por grabarse y que ante el reconocimiento y el premio se impone la modestia.

El Loquillo es de esos hombres que tiene un millón de amigos, como dice el cantante brasileño Roberto Carlos, y no exagero. A todos estima y quiere por igual, lo mismo a Venancio el barrendero de la Rampa; a Julián o Carlitos, los campesinos de Güira de Melena; a Nemesia la cenaguera eterna, o a Katiuska la periodista y escritora, y a tantos otros cubanos. Con él he entrevistado a comandantes y generales, ministros y científicos, maestros y guajiros; con él he viajado tras la noticia por polvorientos caminos y por los cielos de Cuba; y siempre se le ve contento, con deseos de trabajar, incansable.

Por todo ello y porque él es el pueblo en sí mismo, el Loco es un hombre popular. Por eso el Premio Nacional de Periodismo José Martí por la Obra de la Vida que recibe, no le pertenece solo a él, sino a su familia, a los que están y los que ya se fueron, a los amigos y colegas, a los televidentes que siempre recuerdan su nombre y a toda una nación que le agradece su trabajo y existencia. Ese premio honra a Martí y a la historia que hemos vivido en el último medio siglo, de la que él es protagonista y a su vez cronista, primero con imágenes en blanco y negro, y después con todos los colores de la vida.

A sus más de 67 años, Antonio Gómez sigue tan loco como siempre en sus viajes por Cuba y por el mundo, con su cámara en ristre desafiando los avances de la tecnología y el paso del tiempo. Es algo así como un Quijote del periodismo cubano.

Pero Tony, como también le dicen sus familiares, ha sido buen hijo, excelente padre, esposo preocupado y el mejor de los abuelos, de esos que juegan béisbol con los nietos en la Ciudad Deportiva después de un día de trabajo y de caminar varios kilómetros para verlos.

Así es el Loco. Sus historias y recuerdos bien pueden escribirse en un libro, pero prefiero ante el homenaje de estos días hablar de sus enseñanzas, que me han servido para ser mejor ser humano y periodista.

El maestro bien sabe que, aunque él esté en La Habana, me acompaña con su sabiduría de hombre bueno en mis andanzas de joven reportero por las tierras de Venezuela.

Antonio Gómez, ese hijo del barrio de San Miguel del Padrón, aquel niño descalzo que vendía periódicos por las calles habaneras y que vio en la Virgen del Camino entrar victorioso a Fidel junto a los rebeldes, se convirtió en uno de los mejores camarógrafos de Cuba y en el legendario Loco más cuerdo que he conocido.

* Enviado especial de la Televisión Cubana en Venezuela

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