Con la emoción no basta

Autor:

Amanda Tamayo Rodríguez

En cada punto de esta nación habitamos miles de jóvenes a quienes nos late el corazón cuando nos dicen cubanos. Muchos disfrutamos con la misma pasión la prosa de Martí y el último serial. Es común vernos aferrados a un Guevara dibujado en la camiseta o tatuado en la piel, vibrar en un concierto o llevar la bandera de tantas glorias a la cima del Turquino. Somos alegres, a la moda, cálidos como el clima, inconformes, rebeldes, antiimperialistas y apasionados, tal como lo fueron otros en su tiempo. Compartimos con ellos el vital impulso del amor por Cuba.

Pero más allá del sentimiento, la pasión, el impulso y la necesidad de amar a un país, su gente y su cultura, también se forjan el deber y la responsabilidad de hacerlo y transformarlo.

El niño que dibuja sus anhelos de una escuela más bonita, los muchachos que condenan actitudes incompatibles con la Universidad cubana, los que acogieron a los héroes antiterroristas con ojos húmedos y la juventud rebelde de estos tiempos, podrán cambiar cuanto se propongan, mientras que la base de la acción cívica sea la participación consciente de sujetos críticos, en función de las necesidades colectivas.

Participar activamente en la construcción de la Cuba que queremos requiere más que la emoción a flor de piel. Ese es solo uno de sus cimientos. Nos hace falta convencernos de que participar significa mucho más que asistir, y empezar a ejercer el poder de la discusión, la reflexión, la escucha receptiva y del deber.

Todos tenemos la capacidad de defender nuestros espacios de base, de empoderarnos, de reconocer nuestra realidad con luces y sombras, de explorarla sin reservas ni tapujos. Todos tenemos algo por hacer para reconquistar espacios que son nuestros. ¿Será que no estamos haciendo cuanto podemos?

Repasemos los momentos en que por toda respuesta ponemos el silencio, en los que levantamos la mano para salir del paso, en los que callamos los problemas cotidianos y provocamos la catarsis donde no sirve de nada.

Pensemos en las ocasiones en que no le hemos dicho al profesor si nos sentimos mal en su clase porque no nos preguntó, y luego nos lamentamos en la complicidad de los amigos o la casa.

Reflexionemos acerca de las veces en que nos hacemos cómplices de lo mal hecho, de la falta de sensibilidad para los problemas medioambientales, la poca cortesía o la indiferencia con el más necesitado de algunos. Recordar los instantes en los que no nos hicimos escuchar es suficiente para comprobar que, de veras, con la emoción no basta.

Ser consecuentes con nuestro sentir hacia la patria implica decir, hacer... para así hacernos partícipes, actores dignos de la construcción, en conjunto, de una nación aun más justa y virtuosa.

En la casa, el trabajo, la escuela y en las calles hay un sinnúmero de ejemplos válidos para multiplicarlos cada segundo. Están en todos nosotros, los hijos y los nietos del muchacho que fue a mezclar su sangre con la sangre del África, de la niña que salió del calor del hogar para llevar la luz de la verdad a las penumbras de la ignorancia, de los que un día se enorgullecieron al llamarse «hombres nuevos».

No hay peor destino para un país, que este enferme por causa de sus propios hombres. Ese no es en absoluto el camino de Cuba y para garantizarle salud, nosotros, cubanos de este siglo, haremos mucho más que sentir el amor en la piel como un impulso nervioso.

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