Planillas

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Uno se pasa el tiempo llenando planillas, condensando la compleja existencia en unos cuantos escaques, en ciertas respuestas que muchas veces solo admiten un sí o un no. Uno se reduce a estampar requisitos aceptables para ingresar en una organización, recibir un servicio o matricular en cuanta oportunidad le dé la vida. Hasta para candidato a un premio o condecoración, y propuesto por otros, le conminan a llenar la planilla, a hacer su currículo y autobiografía elogiosos, en un lamentable alarde de inmodestia.

Las planillas son necesarias como mínimos vehículos de información acerca de la persona. Pero cuando, pretendiendo el «cuéntame tu vida», simplifican una trayectoria en apenas sucesos, fechas y presencia en acontecimientos, pueden convertirse en engañosas claves de tu dimensión personal y social. Porque el asunto no es solo participar o haber estado en esto y aquello, si no con qué sentimiento y motivación auténticos lo hiciste; o, de lo contrario, por cuál conveniencia lo asumiste.

Las planillas son la burocracia de la trayectoria. Hay seres que coleccionan hitos, diplomas y reconocimientos, y los exhiben, no con el sano y justificado orgullo de lo que aportaron a la sociedad, sino con la aspiración y el cálculo de ser algún día premiados o ascendidos.

Sin embargo, los verdaderos héroes de esta vida, tanto los de las grandes gestas épicas como los más —los de las cotidianas escaramuzas de la sobrevivencia con decoro—, están movidos por sublimes principios y asumen proezas silenciosamente, sin esperar nada a cambio. No las almacenan para luego esgrimirlas e hincharlas en planillas y biografías a pedido. No se sientan luego sobre sus laureles para extraerles la dádiva.

Volviendo a las planillas, es hora de actualizar algunas que permanecen ancladas en tiempos ya superados, preguntándote a estas alturas si tienes creencias religiosas o familiares en el extranjero. El colmo de la ofensa a mi dignidad personal fue un reciente cuestionario que llené: me preguntaban si había cometido delitos en el año transcurrido.

La virtud no puede medirse mecánicamente en cifras y acápites, como en aquellos tiempos, por suerte ya superados, en que el sindicato de hecho promovía una carrera de méritos cuantificables. Hasta para merecer un efecto electrodoméstico en la asamblea obrera había siempre alguien que arremetía a ultranza con su número de méritos, y sacaba los «trapos sucios» de su más cercano contrincante.

Las planillas pueden ser falacias de no acompañarse con un conocimiento pleno y sistemático de la conducta y el espíritu de la persona; así como los informes burocráticos, hechos en una oficina acristalada, suelen ser referencias superficiales de los asuntos de un colectivo o de un problema, si no están refrendados en el vínculo profundo con las realidades.

Al final papeles son papeles, y no solo aguantan todo lo que les pongan, sino también enmascaran aquello que es tan difícil de medir y comprobar: el perfil humano de cada quien, el conjunto de creencias y sentimientos que dictan la vida de alguien no solo en los grandes acontecimientos, sino en los pequeños y cotidianos sucesos de la más compleja guerra: la de la virtud consecuente.

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