Corrientazo

Autor:

Nelson García Santos

Hasta hoy conserva nítida la sacudida por el corrientazo, cuando tocó la cerca de alambre pegada a un poste con un transformador. Luego conoció del pase de electricidad que hubo hacia el cercado y, por suerte, puede hacer ahora el cuento.

Simplemente pudo quedar con una secuela, pero para él todo terminó en un gran susto, mas ese momento todavía lo estremece de solo evocarlo.

Conocí sobre ese suceso al término de una indagación, tras percatarme de que hay transformadores o bancos de estos carentes del cable de cobre que descarga a tierra, o les falta un pedazo, lo cual impide que lleguen al suelo.

No solo se instalan bajantes a los transformadores, sino también en los circuitos de distribución primarios y en los finales de los secundarios que alimentan un grupo de viviendas.

Con mayúscula sorpresa reaccioné, cuando especialistas de la Empresa Eléctrica en Villa Clara confirmaron la existencia de personas que, simple y llanamente, se robaban los cables completos o pedazos de estos.

El bajante a tierra permite el correcto funcionamiento del transformador, debido a que lo protege de una posible descarga atmosférica o de un desbalance de corriente en el propio circuito. De ocurrir una u otra situación, gracias al cable, la descarga va a tierra sin causar daños.

Lo que está en juego, más allá de la protección del propio equipo, susceptible de sufrir una avería por falta del cable, es la posibilidad de que puedan verse involucradas en un accidente personas necesitadas de transitar por aceras donde están colocados postes con transformadores.

Ahora bien, los salteadores de cables nunca podrán esgrimir el desconocimiento como justificación de su inescrupulosa acción, porque la lógica indica, palmariamente, que el bajante está allí por la importante función de protección del sistema eléctrico y de las personas.

El peligrosísimo proceder de estos depredadores merece las medidas más severas. No se trata de un robo cualquiera, aunque todos son condenables, sino de uno que atañe a la seguridad pública. Y esas son palabras mayores.

La Empresa Eléctrica tiene que dedicar recursos y tiempo a reponer estos bajantes, pero si las llamadas telefónicas llueven a la entidad por una interrupción, nunca suena el timbre para alertar que alguien se está robando un pedazo de cable, cuya falta puede ocasionar un accidente.

Y ojalá que si alguien recibe la descarga, tenga la misma suerte que el periodista Yoerky Sánchez Cuéllar, aquel muchacho sorprendido por un corrientazo en una cerca, allá por Manicaragua hace muchísimos años.

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