Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Más que un paquete

Autor:

Osviel Castro Medel

Absorto escuché la narración, que había comenzado con una pregunta: «¿No viste lo que le hizo Daddy Yankee al Príncipe?».

El muchacho contó maravillado cómo el primero había «matado» al segundo durante un programa de televisión. «Lo chantajeó, se rajó las zapatillas y le enseñó la marca, después se quitó el anillo y le dijo: “Todo el dinero que tú tienes no vale más que esta sortija”», expuso en éxtasis el joven.

«Ese tipo está volao, es el uno», agregó, para terminar apuntando que había observado esa «jugada» en el paquete, el famoso amasijo audiovisual que incluye shows, seriales, noticias y otros contenidos enlatados.

Mi embeleso de aquel día surgió, más que por la escena contada, por el alto nivel de hechizo que tenía aquel joven, quien parecía dominado y apresado por una fuerza superior mientras hablaba.

De seguro, otro paquete, con otra historia similar, lo cautivará mañana y lo complacerá al extremo. Y él dirá que, al final, cada persona es libre de ver lo que prefiera.

Sin embargo, estas líneas no pretenden lanzar una diatriba contra las predilecciones del muchacho, sino deslizarse sobre el fenómeno de la «fascinación acrítica» que, a lo largo de nuestra geografía, se ha incorporado a la existencia de miles de personas con diferentes edades.

Cintio Vitier, preclaro martiano, habló hace años de la necesidad de educar la sensibilidad, un concepto emparentado con la elevación del saber y los modos de direccionar los apetitos del consumo cultural.

«No se trata de reprimir, de censurar, de prohibir, procedimientos que siempre han sido contraproducentes, sino de realmente educar las apetencias, de enriquecer las opciones, de mostrar las calidades superiores de la vida, de refinar los placeres, de comunicar los instintos con el arte, la belleza con el bien, el Eros mismo con la patria», decía él en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, en diciembre de 2006.

Esas palabras exponen de manera resumida pero magistral los caminos para formar un ser humano que tenga una postura analítica ante cada producto inmaterial, traído de «allá» o nacido en tierra propia. Que no sea un espectador pasivo de todo el maremágnum audiovisual que se devora hoy como pan caliente en Cuba y en el resto del mundo.

Un aporte a esos derroteros estriba, sin dudas, en el «enriquecer las opciones», que Vitier nos señaló hace nueve años y todavía parece una asignatura pendiente, a pesar de ciertos cambios o aumentos televisivos y de que hoy ya los Joven Club de Computación y Electrónica ofrecen de manera gratuita el proyecto cultural «La mochila», otro ajiaco audiovisual y de texto, muy riquísimo y superior en estética al paquete.

Claro, hoy el consumo de cualquier audiovisual no se realiza mediante las viejas

fórmulas del embudo, y resulta ilógico creer que otros «bultos» a lo «Caso Cerrado» no nos seguirán inundando.

De cualquier manera —sin obviar el papel insustituible de la familia—, casi todas las rutas pasan también por la escuela, ente que no puede vivir de espaldas a estas realidades. Nuestro magisterio debe seguir buscando los tesoros de la preparación, la cultura y el saber para «mostrar las calidades superiores de la vida» y ayudar a «refinar los placeres», como nos sugirió Vitier.

Si el maestro cubano vive ajeno a todo el sistema simbólico intrínseco en los paquetes y sus parientes, se estaría cometiendo un error porque no existirá la posibilidad de debatir con el alumnado cómo diferenciar lo cursi de lo sensible, lo sencillo de lo superficial; o qué transmite valores o antivalores, algo también relevante para «comunicar la belleza con el bien».

Esa conexión de lo bello con lo justo también es un reto colosal para el conglomerado institucional del país y su sistema de medios. Y ese reto implica hacer una lectura profunda y crítica de todo lo asociado al paquete, que es mucho más que entretenimiento. Pero también mejorar, hacer con inteligencia, buscar códigos menos gastados, enamorar a las audiencias, enseñar, descubrir, educar... y crecer.

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