Amigos arquitectos

Autor:

Glenda Boza Ibarra

Los recuerdo en las mesas inclinadas, soñando los proyectos de cada año en aquellas madrugadas tensas que incluían muchas horas de dibujo y desvelo, cálculos, modelajes en AutoCAD y algún que otro novio o novia a la espera, porque en los diseños les iba la vida.

Había que ser paciente, y las fiestas debían posponerse, y los juegos de pelota, y hasta los viajes a la casa, porque esos ejercicios finales eran como la concreción de un gran anhelo.

La luz nunca fue suficiente para iluminar las hojas en formato carta, A4 o los grandes pliegos de papel blanco donde dibujaban edificios ecológicos con las principales tendencias arquitectónicas del mundo moderno, parques aledaños, muebles, jardines y hasta gente.

En los cuartos de la residencia estudiantil poco a poco cobraban vida los proyectos de aquellos muchachos que escogieron la arquitectura para formar parte permanente de su vida.

Siempre fue fácil reconocerlos: reglas T enormes que no cabían en los maletines, portaplanos colgados en la espalda, pelos largos y barba en algunos; amantes del rock otros, pantalones cortos, chancletas. Era un estilo diferente, fresco y a veces hasta contestatario.

Los que más se les parecían en el vestir y andar eran los periodistas, y una extraña química y atracción tuvieron siempre ambas profesiones.

Mis mejores amigos fuera de la Facultad de Comunicación fueron precisamente ellos, a quienes acudía siempre ante una duda en la asignatura de Diseño o incluso sobre algún que otro trabajo necesitado de ilustraciones.

A nosotros, por otra parte, solo venían en busca de tareas de Filosofía o Economía Política. Muchos de los murales que todavía existen en la Universidad de Camagüey fueron pintados por mis amigos.

Eran muy sensibles al arte, y aunque algunos llegaron a la carrera porque no pudieron «coger» el Instituto Superior de Diseño Industrial o estudiar en alguna academia de artes plásticas, la mayoría llevaba por dentro a un artista.

Debían serlo; esa es la única manera de sobresalir en una profesión que invita todo el tiempo a soñar.

Pero la vida laboral hizo a algunos de mis amigos chocar contra el «gran panel», las construcciones Girón, la poca creatividad de los más acomodados por el tiempo o un cargo.

Los grandes proyectos soñados se transformaron una y otra vez en edificaciones imposibles por los pocos recursos, baja disponibilidad de fuerza laboral u otras causas.

Mas no se amilanaron ante el desencanto. Diseñaron entonces nuevas obras, quizá menos atractivas visualmente, pero iguales de seguras, confortables y funcionales, como habían aprendido en la Universidad.

Aunque no pudieron imponer su estilo, ni imaginar edificaciones al estilo Oscar Niemeyer, se adaptaron a las necesidades constructivas del país, sin renunciar a sus influencias.

Los más arriesgados se fueron a los polos turísticos en desarrollo a proyectar a pie de obra hoteles y otras instalaciones recreativas.

Otros, por insatisfacciones económicas, se convirtieron a la fuerza en diseñadores, pintores de cuadros y hasta realizadores de audiovisuales.

Mas en los tiempos actuales Cuba precisa de ellos, de sus conocimientos; esos que a veces han sido ignorados, provocando luego la desurbanización de ciudades y poblados, violaciones en el paisaje urbano costero, y hasta la inaccesibilidad o falta de señalizaciones en determinados inmuebles.

Yo también preciso de mis amigos arquitectos, esos que allá en mi tierra de Las Tunas se enorgullecen con la concreción de la Casa insólita, una idea de Domingo Alás Rosell, que tendrá cinco cámaras interiores, entre estas la mesa de billar inclinada, el agua que sube por su propio peso, la ola que nunca cae, péndulos que reposan inclinados y un asiento del cual el visitante no podrá levantarse sin ayuda.

¿Quién dice entonces que los arquitectos no pueden soñar?

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