Las reuniones de papá

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Un día a un pequeño de unos nueve años le preguntaron: «Niño, ¿en qué trabaja tú papá?»; y el muchachito, con la picardía de los menores, respondió: «¿Mi papá?, en una reunión». Por supuesto, los comentarios aparecieron: «Estos chiquitos de hoy..., de verdad que son unas fieras. ¡Qué inteligentes!». Puede que hasta alguno de los progenitores lo mirara medio sonriente, medio «deja que te coja: te voy a dar una “soná”».

Sin embargo, por encima de la anécdota y de los criterios asumidos como congénitos en los niños, y que al final son una reproducción de lo que ellos escuchan de los mayores, una de las tantas interrogantes en este caso sería la cuestión de qué tantos encuentros tendría el padre, para que su trabajo parezca consista en vivir de reuniones.

En verdad el reunionismo no es un fenómeno privativo de Cuba. Sin embargo, no es menos cierto que ese apego casi enfermizo a encerrarse de manera reiterada en un salón para analizar varios temas, ha marcado la vida del país durante mucho tiempo, al punto de que en ciertos momentos se vio como algo normal, casi inevitable, la tendencia a vivir en reuniones, cuya señal de calidad era su excesiva duración.

En los últimos años los cambios en los métodos de dirección trajeron consigo nuevas formas de control, más expeditas, más cercanas a la realidad y con la pretensión de alejarse de los salones. Solo que en la Cuba de hoy, con sus matices de todos los colores, de alguna manera la vieja cultura del reunionismo.

El cubano con su choteo —esa válvula de escape para taladrar solemnidades postizas, como lo definió Raúl Roa— ha bañado al exceso de citas con las bromas más disímiles, como aquellas que dicen: «Si las reuniones se pagaran, seríamos millonarios». Otro conciudadano, agobiado por la espera de un cónclave sin señal alguna de conclusiones, tomó el martirio por el lado de la broma y ante los demás, que aguardaban, empezó a diseñar un día regido por las reuniones.

«Supongamos que vivimos en un albergue, propuso. Punto número uno, por la mañana, bien tempranito: reunión para ver quién hace el matutino». Ella, continuó, le daría paso a la del menú del desayuno. Después, cuando se comprobó que el chofer de la guagua no había aparecido, pues, reunión para ver qué ruta era la mejor y, por supuesto, con la indicación de que el primero en llegar a la parada marcara para todo el mundo.

Ya en la oficina: reunión para lo que se hará en el día. Seguidamente, reunión con la secretaria para que llame al taller e indique otra reunión para ver por qué razón el chofer dejó embarcada a la gente («Como único que estuviera reunido», apunta la secretaria). Luego, reuniones y más reuniones, un breve descanso a modo de entreacto, seguido de otras reuniones. Al final, reunión para organizar la salida y, por último, una pequeña reunión para ver quién entra primero al baño del albergue.

Más allá de las hipérboles, avaladas por la ficción y las esperas, lo cierto es que el cuento ilustra el agobio que sienten muchas personas al llegar a un lugar, pactada la cita o no, para encontrarse con que la persona buscada se encuentra reunida. El gesto de inconformidad, muchas veces, no es porque se esté en el encuentro, sino porque nadie puede asegurar, a ciencia cierta, cuándo se terminará.

Es obvio que para todo en la vida se necesita un grado de intercambio colectivo. Las reuniones siempre serán necesarias. En cambio, el reunionismo constante derivará hacia un mal, no por el sano principio de discutir, sino por lo que se deja de hacer. Un dirigente así nos lo aseveraba al pie de una obra constructiva. «Está comprobado   —decía—, si usted quiere que las cosas caminen, pase poco tiempo en la oficina y muchas horas en la calle, tocando las cosas con la mano. Ese es uno de los detalles para lograr el éxito». Y tiene razón. Sobre todo para decir que su vida no es una eterna  reunión.

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