Crear es un estado de gracia

Autor:

Aracelys Bedevia

La verdadera fórmula de la creación artística no es «inspiración o trabajo, sino inspiración más trabajo, exaltación más paciencia, deleite creador más tormento creador». El artista, mientras trabaja en su obra, no está «con sus propios sentidos», no es dueño «de su propia razón», pues «toda creación verdadera» solo acontece mientras este se halla «hasta cierto grado fuera de sí mismo, cuando se olvida de sí mismo, cuando se encuentra en una situación de éxtasis».

La afirmación,  de Stefan Zweig, resume la esencia de un proceso que entraña mucho de misterio y que se hace acompañar por un halo de emociones, sentimientos y experiencias que permiten adentrarse en el mágico juego de lo imaginario. Leyendo estas palabras del escritor austriaco, recordé al abuelo Humberto, uno de los hombres más cultos e íntegros que he conocido. Quería el abuelo, y así lo hacía saber, que su nieto (mi amigo de la adolescencia) pintara solo cuando realmente sintiera la necesidad de expresarse y no por la premura de ganar dinero. Por eso, y también porque el verdadero arte no tiene precio, se enojó tanto el día en que su nieto, que era entonces un estudiante universitario de la Cuba de los 90, le contó con entusiasmo que un artesano le propuso hacerle un par de zapatos a cambio de uno de sus cuadros.

Ni mi amigo ni yo entendimos en aquel momento por qué el abuelo se opuso al canje que, a ojos nuestros, era la oportunidad ideal de sustituir sus gastados zapatos de adolescente provinciano. Trataba el abuelo entonces de enseñarnos que ese elemento fecundador que existe en el momento de la creación debe ser resultado de la inspiración y no precisamente de la premura económica.

De los ahorros familiares salió el dinero para comprarle a mi amigo el par de zapatos que borró por un tiempo de su rostro la urgencia de sufragar por sí mismo sus gastos y necesidades. Con los años no le quedó otra alternativa que intentar vender las pinturas que le brotaban del alma como expresión genuina de sus sentimientos y experiencias. De sus labios escuché por vez primera la expresión «necesito a alguien de afuera que me descubra como artista»; y es que ante las dificultades para insertarse en el sistema de promoción y comercialización del arte cubano algunos jóvenes optan por buscar más allá de nuestras costas el reconocimiento que todo creador anhela.

Pocas veces los departamentos de relaciones internacionales de nuestras instituciones se responsabilizan con la proyección del quehacer de los creadores, mucho menos de los más jóvenes. Se escudan por lo general en que «no hay dinero», en lugar de acercarse más a los espacios que pudieran ser plataforma de lanzamiento internacional para las obras o producir soportes de promoción intencionados que estimulen a interesarse en las propuestas de nuestros artistas.

Las fallas en la gestión promocional, junto a valoraciones estéticas cuestionables, propician una visión muy sesgada de la cultura cubana en el escenario internacional. Duele profundamente ver cómo lo que se promueve internacionalmnete no siempre es lo mejor de nuestras producciones artísticas, sino lo que interesa a galeristas o revendedores foráneos. Duele ver cómo el arte cubano se convierte en objeto de mercado para ganancia de quienes afuera ven el arte solo como mercancía. Ellos son los que tienen estructurados los mecanismos de promoción, entre otras razones porque no existe una aplicación práctica de la política de promoción del arte que tiene el Ministerio de Cultura.

Se critica a los que se mueven al compás de lo que está de moda o permiten que un «descubridor» extranjero ponga a su trabajo un precio muy por debajo del valor verdadero. Pero ¿se les ha dejado acaso otra opción? ¿No sería mucho mejor ayudarlos (o lo que es mejor, enseñarlos) a vender su obra en lugar de permitir que se les neocolonialice como artista? No una obra que se haga solo por encargo (aunque de un encargo puede nacer una gran obra), sino porque les brota por los poros de la piel como agua del manantial.

A repensar la proyección internacional de nuestra cultura y promoverla como garante espiritual de la Patria se nos ha convocado muchas veces. Miguel Díaz-Canel, miembro del Buró Político y Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, en la clausura del VIII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) nos alertaba al respecto: «Estamos obligados a transformar nuestras instituciones en entidades más activas y eficaces para representar en el país y en el extranjero a los creadores cubanos». No se trata ahora de demoler las instituciones, como aclaró Díaz-Canel. «El enemigo quiere precisamente eso: destruir la institucionalidad revolucionaria. Nuestra respuesta debe ser mejorarlas, desburocratizarlas, hacerlas más eficientes».

Se trata, más bien, de aunar voluntades e inteligencias en función de hacer una promoción intencionada de los más valiosos creadores cubanos, de nuestras raíces y tradiciones. Así también estaremos más cerca de lograr ese socialismo próspero y sostenible donde lo que distingue a las personas no son sus posesiones materiales, sino el conocimiento y sensibilidad humana, la dimensión espiritual que ofrece la cultura.

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