Juanito Van Van

Autor:

Juan Morales Agüero

Por estos días del año pasado, buena parte de los cubanos anduvimos como hundidos en la incredulidad y el desconcierto. «¿Que se murió Juan Formell? No, imposible. ¡Si a ese hombre no le dolían ni los cayos!», preguntaban y se respondían en cualquier esquina, mercado, parada, oficina, parque...

«¿Será verdad o se trata solo de una bola?», me interpeló, alarmado, un vecino de edificio, «vanvanero» como yo. «Bueno, seguramente es verdad, porque lo están diciendo por la televisión y por la radio», le contesté. En mi fuero interno, también le confería al asunto el beneficio de la duda.

Pero nada, para morirse el único requisito sine qua non es estar vivo. Apenas eso. Y hete aquí que aquel primero de mayo de 2014 pulsó por última vez las inefables cuerdas del bajo de la vida el músico cubano que más ha hecho mover los pies y las cinturas de sus cumbancheros compatriotas.

Nos tomó el pelo Juanito con su sorpresivo chirrín chirrán de despedida. Fue su postrera crónica, digo yo. ¿Le habrá dado tiempo para dejarla escrita en el pentagrama? ¿Alguien de su orquesta le hará el arreglo? Quién sabe... Aunque Formell nunca dejará de componer. Ni siquiera en otra dimensión.

Me convertí en su fan desde aquel mediodía de 1969, cuando el irrepetible animador Germán Pinelli lo presentó al público en un programa televisivo llamado En Vivo. Cuba andaba inmersa a la sazón en los preparativos de la Zafra de los Diez Millones, que comenzaría 12 meses después.

Era frecuente escuchar por todas partes y a toda hora, machaconamente, la consigna «¡Y de que van, van!», relativa a la certeza de que se producirían diez millones de toneladas de azúcar. Y fue ese, precisamente, el nombre que Formell adoptó para bautizar a su flamante orquesta: Los Van Van.

El 4 de diciembre de ese año el grupo ofreció su concierto fundacional en una tarima de La Rampa, exactamente en la calle 23 entre O y P, en el mismo vórtice habanero. Cientos de personas disfrutaron de aquella primicia musical que haría historia por la naturaleza misma de sus intérpretes

En la misma etapa grabaron su primer disco, con aquel número eterno, La Bola de Humo, que, al decir del crítico Guille Villar, «muestra el deseo de plasmar en cada pieza el diálogo cotidiano propio del cubano de esa época». El simpático tema se convirtió enseguida en exitazo en la voz de Lele.

A partir de ahí, la orquesta impuso una manera singularísima de hacer música popular bailable y polarizó las simpatías de los bailadores con visos de monopolio. Todos los hit parade de la etapa incluían alguno de sus temas.

De la mano de Formell, Los Van Van recorrieron la piel del planeta con su repertorio a flor de atriles. Tan grande  fue su aceptación que ni los premios Grammy les resultaron esquivos. ¡Cuántos temas suyos me vienen al recuerdo! Por fortuna, guardo muchos en el disco duro de mi computadora.

La plantilla de Los Van Van tuvo muchos músicos estelares: Lele Rasalps, Armandito Cuervo, Israel Sardiñas, José Luis Quintana (Changuito), Lázaro Morúa, Pupi Pedroso, Angelito Bonne, Pedrito Calvo... Pero ninguno como el bajista que la fundó y consagró. ¡Es que Formell era Los Van Van!

Hace un año se nos fue Juan Formell. Pero, como ocurre con los grandes —y disculpen el lugar común— lo sobrevive su música. Su obra nunca hará mutis porque devino patrimonio nacional. Todavía uno se pregunta qué tiene Van Van que sigue ahí. Nadie es imprescindible, pero hay gente insustituible. Sin él al timón —admitámoslo— la rumba no está completa.

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.