Entre sacudidas y tráfico de riñones

Autor:

Julio César Hernández Perera

Hay sucesos que conmocionan, como el dado a conocer en las noticias del pasado 25 de abril, cuando Nepal fue sacudido por un poderoso temblor de tierra. El siniestro causó el derrumbe de la venerada Torre Dharahara —Patrimonio Cultural de la Humanidad ubicada en la capital Katmandú—, una mortífera avalancha en el Monte Everest, más de 7 000 muertos y miles de heridos, entre otras desdichas ocurridas en muy breve tiempo, todo lo cual llevó a catalogar al terremoto como el más fuerte en ese país en las últimas ocho décadas.

La República Federal Democrática de Nepal es una pequeña nación asiática montañosa, sin salida al mar y multiétnica, considerada una de las más pobres y menos desarrolladas del planeta. Está ubicada en una de las regiones más «hostiles» del orbe, al poseer en su topografía algunas de las cumbres más altas de la Tierra, como el destacado monte Everest (con una altitud de 8 848 metros sobre el nivel del mar).

Coincidentemente, la agencia de noticias norteamericana Associated Press (AP) circuló a principios de abril de 2015 otra triste realidad nepalí, al revelar historias de vida de personas que se habían visto obligadas a vender sus riñones a impunes traficantes de órganos por 5 000 dólares, o por menos.

Estos proveedores de riñones viven en un poblado rural muy apartado y pobre conocido como Hokshe: convertido, desde hace más de dos lustros, en el penoso «Centro del comercio (ilegal) de órganos de Nepal», o simplemente en «El banco de riñón».

En ese pueblo de cabañas de barro y pequeñas granjas —como fue descrito por AP— se estima que viven cerca de 4 000 personas, y de ellas se supone que al menos 121 han sido engañadas y han vendido algo que nunca podrán recuperar: un riñón. Con esa decisión, han debilitado salud, fuerzas y la vida.

Se estima que en el mundo, entre el cinco y el diez por ciento de los riñones trasplantados son obtenidos en el mercado negro. A pesar de las denuncias, continúa impunemente la expansión de este sucio negocio en muchas partes del mundo, lo cual constituye una grotesca violación de los derechos humanos, perpetrada por piratas.

¿Y quiénes son ellos?: No solo «poco ilustrados» miembros de redes mafiosas, pues lamentablemente algunos médicos se convierten en cómplices de la cadena.

En un artículo redactado por investigadores holandeses de la Universidad médica de Róterdam, se expusieron resultados de una pesquisa dirigida a profesionales de trasplantes. La información era explícita sobre la presencia de médicos europeos en el mercado negro   —o tráfico— de órganos.

Los médicos involucrados en estas redes muestran un vacío de ética, de humanismo y de valores. Son partícipes de una forma abominable de explotación caracterizada por un feroz procedimiento donde se engaña y mutila a seres humanos sumidos en la miseria, para salvar a acaudalados.

Tal realidad muestra las atroces diferencias entre ricos y desposeídos, entre el Norte y el Sur, y posiblemente —ya se puede decir— entre países receptores de órganos y naciones donantes, como Nepal, que ha sido castigado en los últimos tiempos por la sacudida, y según devela la AP, también por el saqueo de riñones.

Ante este escenario casi siempre es inevitable pensar en Cuba, la Isla que sorprende a tantos porque aquí la persona, el humanismo y la verdadera ética son prioridades bien definidas, en un mundo donde la vida puede valer poco menos que nada.

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