Mamá, ¡ayúdame a hacer la tarea!

Autor:

Sundred Suzarte Medina

«Yo no dejo que mi hija se quede atrás en la escuela, y si otros padres apoyan a sus muchachos de esta manera, ¿por qué no lo puedo hacer yo?» Ese fue el comentario que me lanzó hace poco una vecina sobre la «ayuda» que le daba a su menor cuando le redactaba, en su computadora personal, las respuestas de una tarea escolar. «Y cuando termine aquí se la voy a imprimir para que no pase trabajo escribiéndola», concluyó la señora, muy convencida de su papel auxiliador.

Traté de disimular mi asombro y le pedí, a modo de curiosidad, que me mostrara el borrador de su «contribución» al desarrollo intelectual de la jovencita. Debo reconocer que aquellos conceptos científicos, poco comprensibles para mí y redactados con total pulcritud, me parecieron más cercanos a los de un estudiante universitario, que los que pudiera escribir una adolescente de secundaria básica. Sonreí con sorna, bajé la cabeza y seguí mi camino.

Pero ahí no se detuvo el asunto. Más impresionado quedé cuando la «sacrificada» madre me informó, a los pocos días, que su «brillante hija» había alcanzado la nota máxima en dicha encomienda evaluativa. ¡Quedé de piedra! Solo pude atinar a felicitarla por el «notable empeño» que había puesto la chica en sacar la mejor evaluación; y deseé saber ardientemente si a la profesora no se le había ocurrido premiar a la estudiante «prodigio» que tenía en su clase.

Si bastara con este único ejemplo, no habría nada que objetar. Pero llevo tiempo notando una peligrosa tendencia a que varios padres les hagan los trabajos escolares a sus hijos sin el más mínimo pudor y, a veces, contando con la asombrosa inacción de algunos educadores.

Sin ánimo de lucir pretencioso o dármelas de pedagogo, pienso que no es menos cierto que el apoyo familiar en las obligaciones escolares de los pequeños puede contribuir grandemente a su aprendizaje y formación.

Resulta obvio que si un niño no entiende una tarea, o si el contenido no está bien aprehendido, debe o puede recurrir a los padres, parientes, vecinos o a quien tenga al alcance para ayudarlo a evacuar sus dudas.

Pero a mi modo de ver, una cosa es tenderles la mano de manera sabia, de modo que puedan resolver sus inquietudes; y otra bien distinta es hacerles las tareas o cualquier otro trabajo orientado por los maestros.

Me pregunto entonces: ¿Acaso el nivel exigido por el actual sistema de educación supera las posibilidades intelectuales de los alumnos? ¿Existen deficiencias que impiden a los niños aprender correctamente y hacer sus trabajos de forma individual?

Mientras tanto, me gustaría saber en qué medida pueden ciertos padres pretender que sus hijos se conviertan en profesionales, técnicos, o especialistas en diferentes disciplinas si no fomentan el autoestudio en los pequeños, o no les enseñan la importancia de acudir a libros y textos escolares para hacer sus tareas. ¿Creerán que cortando y pegando de enciclopedias digitales como EcuRed y Wikipedia se resuelve el problema?

Quiero ser optimista e imaginar que nuestras próximas generaciones de médicos, ingenieros, licenciados, ¡maestros! contarán con la preparación requerida para enfrentar los desafíos del desarrollo nacional, sin sacrificar la calidad de los resultados productivos.

Por ahora me conformo con mantener la fe y compartir estas ideas con mi esforzada vecina. Pero lamentablemente no he podido hacerlo, no la veo desde hace días. ¿Estará demasiado ocupada tratando de sacar su noveno grado?

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