¿Prohibidas las gafas y sombrillas?

Autor:

Osviel Castro Medel

Eran poco más de las 10 de la mañana y a esa hora, en el lomerío oriental, el sol «cauterizaba» la piel de todos los asistentes a la actividad, que todavía no había comenzado.

Algunos, a la sazón, abrieron sus sombrillas. Sin embargo, alguien se paró en el estrado, micrófono en mano: «Compañeros y compañeras, desde aquí arriba se ve todo. Necesitamos que bajen sus sombrillas para darle uniformidad y colorido al acto».

Algunos obedecieron. Otros, en cambio, se mantuvieron protegiéndose del sol, como era lógico. Lo cierto es que la «orientación» lastimó la espontaneidad con la que los serranos se habían congregado en la improvisada plaza y, de paso, logró el famoso efecto boomerang, aunque posiblemente el orientador no lo notara.

Trasplanto ahora la anécdota a estas páginas porque aquella indicación, rayana en lo absurdo, desnuda una tendencia de nuestros días, que confunde la solemnidad con el formalismo, el deseo de lograr uniformidad con la implantación del mimetismo a toda costa, la necesaria preparación de los escenarios con el montaje fútil y sobrecargado de algunos eventos.

Es la tendencia del exceso, dibujada hace ya tiempo en nuestros predios, que consiste en pasarnos de la línea y generar incomodidades en el afán de «prepararlo todo» o de «que no falle nada».

No fue esa la primera vez que se escuchó a toda voz la ordenanza que veda a priori una prenda o un aditamento con el fin supremo de aparentar una imagen de homogeneidad. Ni lamentablemente ha sido la última.

Recuerdo que hace poco en una reunión de campesinos alguien dispuso, «con mucho tacto», que todos se quitaran los sombreros para «no afear la asamblea», como si en las alas de la prenda habitara la fealdad, o como si la calidad de la reunión dependiera de lo externo en los presentes.

Además, ¿no es el sombrero uno de los símbolos del hombre que labora en nuestros campos?

Claro que la imagen resulta importante. Nadie ha de aplaudir, digamos, la asistencia a un balance —no me acabo de acostumbrar al término— con el vestuario con el que se va a una playa o a un partido de fútbol. Pero el primer punto es entender que la esencia de las cosas radica en aspectos más profundos y superiores que en esos ligados a prohibiciones por mandatos necios.

Otros ejemplos de la cotidianidad gotean en mi mente, mientras redacto estas líneas: «Compañeros y compañeras, durante la asamblea nadie debe ponerse las gafas en la cabeza». Y este otro, que roza los extremos: «Hagan las necesidades fisiológicas antes de la asamblea, porque nadie puede ir al baño durante los debates».

Incluso he visto que algunos organizadores han indicado que no se den aplausos deportivos durante las presentaciones. Se han olvidado, parece, de que los vítores siempre brotan espontáneos de las multitudes y que es un contrasentido administrar los aplausos.

Al final uno termina preguntándose: ¿Cuán buena será una reunión en que la vestimenta colectiva sea la soñada por los organizadores, pero las discusiones resulten sosas y desabridas? ¿Qué se gana con controlar y regentar aspectos tan insignificantes? ¿Lo primero no radica en que se asome la verdad, ya sea con tacones o sandalias?

En esas preguntas, sobre todo en la última, radica el meollo de portar o no una sombrilla a pleno sol mientras se asiste a un acto, o de colocarse unas gafas a la cabeza en un plenario lleno de mozalbetes. La verdad, con sombrero o espejuelos, tiene que ser más grande y duradera que cualquier desenfrenada orientación.

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