Libros, ¿para qué?

Autor:

Graziella Pogolotti

La reciente crónica publicada por el periódico Trabajadores denunciaba el abandono existente en los almacenes de libros de la Universidad de Pinar del Río, con puertas y ventanas abiertas a sol y sereno, además de los vientos y lluvias torrenciales característicos de un clima tropical. Sabemos, por otra parte, que el período especial tuvo inevitable reflejo en la atención necesaria a las bibliotecas públicas. En ocasiones, iniciativas carentes del debido asesoramiento convirtieron en pulpa, por supuesta obsolescencia, publicaciones valiosas. No podemos olvidar tampoco que muchas bibliotecas del país conservan fondos patrimoniales de gran importancia. Sin embargo, la era digital no ha decretado todavía la muerte del libro. En los países centrales, dueños de las más recientes tecnologías, estos recursos se orientan a facilitar el acceso a los lectores mediante una multiplicación rápida y eficiente de servicios.

Fenómenos de esta naturaleza —más frecuentes de lo deseable, sobre todo en la vida cotidiana— son reflejo de la contradicción entre practiconería y la orientación de las líneas maestras de nuestro proyecto social contrahegemónico y en favor del desarrollo humano. En efecto, el hábito de lectura constituye una de las vías principales para estimular el pensamiento crítico, mantener viva la memoria histórica, para afinar la sensibilidad, favorecer el acrecentamiento de capacidades lingüísticas y comunicativas, alimentar la creatividad en la innovación tecnológica, la investigación científica y la actualización profesional. La erosión de los vínculos tradicionales de niños, jóvenes y adultos es preocupación mundial en los momentos actuales. En todas partes se formulan propuestas de acciones concretas en el campo de la educación y en el ámbito comunitario, a fin de rescatar la lectura con fines utilitarios y como vía de enriquecimiento del ser humano. La reacción, articulada a través de distintas instituciones, nace del efecto comprobado del dominio de lo audiovisual en términos de pasividad del destinatario, a pesar de ilusorias fórmulas interactivas.

Cuba tiene la posibilidad de coordinar políticas institucionales para fomentar hábitos de lectura desde la infancia y a lo largo de toda la vida. Hay que descartar la idea de que el acceso a Internet sustituirá formas tradicionales de comunicación humana y el peso de otras expresiones culturales. El medio produce adicción y su infinitud informativa exige capacidad de discriminar y de validar las fuentes. Implica un aprendizaje y entrenamiento en el pensar. De lo contrario, se cae en la tentación de la futilidad y en la pérdida del precioso tiempo concedido a nuestra existencia limitada. Por otra parte, todo no habrá de encontrarse allí. La vida, la cultura y la historia de nuestros países no tienen la presencia requerida. El soporte no incita a la lectura reposada. Por lo demás, aprender a leer implica estar preparado para hacerlo de modo inteligente en los medios actuales y por venir.

La acción coordinada exige romper la compartimentación entre las áreas implicadas. Hay que desterrar de la mentalidad de muchos padres, la idea de que leer equivale a perder el tiempo, dedicado tan solo al cumplimiento de tareas escolares. Más grave aún resulta suplantar al niño en la realización de trabajos complejos en lugar de encaminarlo hacia la búsqueda de información. De hecho, tal suplantación induce a cometer fraudes, con las consecuencias éticas que acarrea.

Existen hogares privilegiados que promueven hábitos de lectura. Lamentablemente no abundan, lo que acrecienta la responsabilidad del maestro, de los planes de estudio y los métodos de enseñanza, de las bibliotecas públicas municipales y de las que existen en los centros docentes. En ambos casos, debe procurarse un entorno grato, un personal capacitado y la preparación de actividades complementarias, participativas y estimulantes.

Después del triunfo de la Revolución, se creó el sistema nacional de bibliotecas con una política centralizada desde la Nacional de La Habana. Su directora de entonces, María Teresa Freyre de Andrade, en consideración al carácter patrimonial de esa institución, jerarquizó las provinciales en las seis capitales e impulsó la red municipal. Libros y revistas se adquirían, procesaban y distribuían desde La Habana, teniendo en cuenta, entre otros factores, las zonas de desarrollo planificadas en aquel momento. Al surgir el Poder Popular, se estableció la subordinación local. La asignación de presupuestos no favoreció en todos los casos la compra regular de libros, en detrimento de la actualización de fondos. El andar del tiempo y la crisis económica han deteriorado las instalaciones. Los problemas acumulados son muchos, incluida la formación de bibliotecas y el reconocimiento social a la profesión. Pero, reconocer la dimensión de un problema es la manera de afrontar su solución, mediante el diseño de una estrategia adecuada.

El incentivo a la superación permanente y las amplias tiradas de la Editora Nacional y del Instituto Cubano del Libro crearon un gigantesco público lector. En un contexto más complejo, hay que potenciar otras vías. Una de ellas consiste en revitalizar las bibliotecas y en sembrar hábitos entre los futuros profesionales, de manera particular entre los maestros en ejercicio y en proceso de formación, dada la influencia social ejercida por ellos. Por convertir al libro en eje de un acontecimiento popular, las ferias constituyen un hecho positivo. Requieren ajustes en cuanto al peso relativo concedido a la gastronomía y a otras actividades complementarias. Sus efectos tangibles serán limitados mientras no se integren a una difusión sistemática de mayor alcance. Sucede que obras relevantes pasan en silencio. Ignoradas por sus destinatarios potenciales, envejecen en los almacenes. La feria otorga al libro la máxima visibilidad. Su efectividad a largo plazo depende de la inserción en el continuo cotidiano a lo largo del año para lo cual el papel de los medios resulta decisivo. Es indispensable recuperar espacios fijos de reseñas informativas con una cobertura que responda a un amplio espectro de intereses: literatura, ciencias sociales y divulgación científico-técnica. La prensa plana no es desdeñable por su presencia en los estanquillos tradicionales y en la web. Son muchas las fórmulas que pueden experimentarse para captar el interés de los diferentes públicos. Importa, ante todo, despertar la curiosidad, incentivo vital que, de adormecerse, conduce a la muerte espiritual y abre la pendiente hacia la instrumentalización del ser humano.

Fomentar el hábito de la lectura es una demanda apremiante que rebasa lo meramente utilitario. El idioma es la más alta creación de nuestra especie. Es instrumento indispensable del pensar. Transforma el reflejo condicionado en conducta consciente. El azar nos ha situado en el contexto de una lengua privilegiada con millones de hablantes en los territorios otrora conquistados por España, que se expanden hacia los países centrales mediante significativas minorías que, en el Primer Mundo, comparten nuestro origen. Disponemos de una larga tradición literaria, beneficiada por el intercambio entre el acá y el allá de las dos orillas del Atlántico. La complejidad de su sintaxis y la riqueza de sus formas verbales hacen del castellano una vía idónea para captar los matices de la realidad y para traducir en ideas los problemas complejos del mundo que nos rodea. En un planeta amenazado por tantos peligros, sería criminal la dilapidación irresponsable de un tesoro acumulado a través de la milenaria construcción del ser humano.

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