Intactos

Autor:

Marianela Martín González

Cuando los amigos se juntan luego de 30 calendarios, los recuerdos se empoderan, como me sucedió en una conmovedora reunión de antiguos condiscípulos de la vocacional Ernesto Che Guevara, en Villa Clara.  A diferencia de esta periodista, ellos para formarse como ingenieros también habían compartido las aulas donde vencieron difíciles asignaturas técnicas en la prestigiosa Universidad Central Marta Abreu, de Las Villas.

Contagiaban con sus anécdotas saturadas del fino humor que acompaña a los seres inteligentes y profundos. Parecían adolescentes, a pesar de sus pelos canos, los quilos de más que la madurez puso en sus anatomías, las arrugas y la calvicie consustancial a vivir más allá de los 50.

Estaba allí Santiago, profesor de la Facultad de Construcción de la casa de altos estudios villaclareña. Un hombre noble como un niño, quien con sencillez extrema contó de su experiencia fuera de la Isla, donde ha transferido los saberes de la academia cubana y ha sumado a esta lo mejor que aprendió en el extranjero.

Otro, con la naturalidad de los escolares, habló también de su vida en otros lares, donde ha preservado el humanismo de esa generación soñadora que nunca perderá la ilusión guevariana. Recordó, con los ojos iluminados, los días en que todos se bañaban con un solo jabón, y hasta el tomatazo que le propinó una muchacha, desesperada ante su indiferencia.

En ese encuentro algunos se hicieron acompañar de sus ancianos padres y sus hijos, estos que ahora tienen la misma edad que ellos cuando aprendieron que los canales de ascenso eran el estudio y la responsabilidad, y no la picardía entronizada en algunos en estos tiempos de crisis.

En la hospitalaria casa donde compartimos tragos y golosinas, viajaron a los tiempos en que se rotaban las ropas con que visitaban a las novias y aquellas camisas improvisadas, sin esas sacrosantas marcas comerciales de hoy, que usaban para bailar en las parrandas pueblerinas. Mencionaron hasta las poninas que hacían para acceder entre todos a un pitusa de aquellos que vendían en La Habana.

María Ramona, la madre de uno de estos hombres marcados por una época que moldeó seres dispuestos siempre a las buenas causas, evocó las horas que permaneció junto a la máquina de coser para elaborar camisas y guayaberas «colectivas», que se rotaban ante las limitaciones de aquellos tiempos.

Reencontrarse aquel domingo feliz de junio —Día de los padres— fue revivir los tiempos de las botas rusas y las camisas guarabiadas que venían de Angola o del «Norte», las cuales pasaban de armario en armario como si se tratara de una propiedad social.

Fue volver a una época de escaseces, pero con la esperanza a plena asta. Una época que forjó hombres, hoy sobre los 50 años, pero que siguen batallando por la prosperidad de un país, solo con los recursos del humanismo y la sabiduría.

Se reconocieron intactos, «adolescentes cincuentones», como si años y fracasos no hubieran dejado marcas. Se descubrieron ilesos, a pesar de las cicatrices del tiempo, porque lo esencial de sus vidas se fraguó en un escenario donde tener era menos importante que ser, donde la utilidad y la virtud serían los peldaños para elevarse y las espadas para derrotar los molinos de viento.

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