Las imborrables secuelas de Ranch Hand

Autor:

Julio César Hernández Perera

Cuarenta años podrían parecer suficientes como para dejar de sentir los sufrimientos de una guerra. Son, sin embargo, muy poco tiempo si reparamos en las terribles secuelas que aún vive Vietnam después de haber conseguido su liberación.

En 1961, cuando en el Sur de ese país las fuerzas norteamericanas mostraban su impotencia ante la bravura y la inteligencia de los vietnamitas, el ejército invasor apeló al uso de un arma química para barrer con todo el follaje de junglas y manglares, los cuales eran refugio eficaz para las tropas del Tío Ho. Los ocupantes se habían propuesto, además, eliminar los sembrados de los campesinos. Y así surgió, en ese año, la Operación Ranch Hand.

Fue una guerra química larga y de suma envergadura, la cual provocó las consecuencias más destructivas en la historia de la humanidad: durante diez años se rociaron desde aviones y helicópteros cerca de 76 millones de litros de sustancias herbicidas y defoliantes (que causan la caída de las hojas de las plantas). Dentro de esos químicos estaba el tristemente célebre Agente Naranja, considerado por muchos como la sustancia más tóxica creada por el hombre.

El Agente Naranja pertenece al grupo de las dioxinas y está compuesto por la mezcla de dos tipos de defoliantes. El nombre por el que mundialmente se le conoce se debe a las llamativas franjas de color naranja dibujadas en los barriles de 55 galones que servían de depósito.

Mediante la Operación Ranch Hand se llegaron a arrasar 1,5 millones de hectáreas (el diez por ciento del Sur de Vietnam) —un tercio de esta área fue rociada más de una vez y cerca de 52 000 hectáreas fueron rociadas más de cuatro veces—; al menos dos millones de vietnamitas fueron afectados directamente por la citada dioxina, sin contar las posteriores víctimas por la contaminación de la cadena biológica y de los cursos de agua.

Una de las empresas que producían la ponzoña fue la corporación Monsanto (conocida en la actualidad por su asociación con la elaboración de inseguros productos transgénicos). Se dice que desde antes del empleo del Agente Naranja en la guerra contra Vietnam, los directivos de la compañía estaban al tanto de los efectos terriblemente nocivos del químico para la salud.

Poco tiempo después se hizo evidente cómo causaba lesiones en la piel, cáncer en diferentes órganos, alteraciones inmunológicas, infertilidad y un sinnúmero de monstruosas malformaciones congénitas, como nacer sin ojos, con deformidades en las extremidades o con cabezas desmesuradamente grandes, entre otras calamidades.

Otro de los rasgos distintivos del Agente Naranja es su persistencia en los tejidos humanos y en el medio ambiente. En estudios realizados a más de tres décadas de culminada la contienda, se han logrado hallar altas concentraciones del tóxico en el suelo de varias de las zonas rociadas, en alimentos y en la vida salvaje; se conoce, además, que este químico causa su daño biológico en pequeñísimas concentraciones.

Recientemente se ha comunicado que la Oficina de Gerencia y Presupuesto de la Casa Blanca aprobó compensar desde el pasado 19 de junio de 2015 con millones de dólares —en beneficio por discapacidad— a cerca de 2 100 veteranos estadounidenses que estuvieron expuestos a residuos del Agente Naranja durante la guerra de Vietnam.

Pero… ¿y los vietnamitas? Es indiscutible que los mayores afectados no fueron los soldados norteamericanos que manipulaban el químico para causar el daño. Tampoco fueron estos últimos los que vivían en regiones rurales —en esos tiempos el 80 por ciento de la población vietnamita vivía en el campo—; no eran ellos los que andaban en sandalias o descalzos mientras trabajaban en los cultivos o marchaban por las selvas; tampoco eran los que consumían alimentos cultivados en aquellos suelos contaminados.

Hasta ahora el Gobierno estadounidense ha desestimado las demandas de la Asociación vietnamita de víctimas del Agente Naranja para indemnizar a los cerca de cuatro millones de personas afectadas por el citado veneno. Son vastas las pruebas y aún se siente como una pesadilla cuando se ven víctimas inocentes de un arma que sigue provocando terribles malformaciones en cuatro generaciones después.

Todo indica que serán muy difíciles de borrar las secuelas de aquella Operación Ranch Hand, la que engrosa la larga lista de deudas que ha contraído Estados Unidos con la humanidad.

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