La otra fiera

Autor:

Osviel Castro Medel

Pudo haberlo matado o tal vez malherirlo, pero esa noche el anciano traía una estrella a su favor. El perro, enorme como oso, saltó sobre él en plena calle y lo lanzó de bruces. La suerte fue que un vecino, conocedor del animal, hizo de protector y no hubo ni una herida.

El canino marchó a su morada; el hombre pudo sacudirse el polvo, frotarse el golpe en la espalda y encontrar, con esfuerzo, sus espejuelos. Sin embargo, los dueños, que sabían del alarde feroz de su mascota, ni siquiera intentaron atender al agredido.

Lo que describo no resulta un episodio aislado ni es la primera vez que, con otros protagonistas, «muerde» en estas páginas. Hace nueve años, el comentario Sueltos y sin vacunar (3 de septiembre de 2006) exponía varios ejemplos de personas que, sin justificación, habían sido agredidas por perros. Y los amos, en muchos casos, hicieron caso omiso al perjuicio de las víctimas.

«Es como si el perro fuera un semidiós supremo, al que ningún “ajeno” puede pellizcar o alzar la voz; y el invadido un pedazo de cosa extraterrestre, sin valor humano alguno», esgrimían aquellas letras.

Ese trabajo periodístico detallaba situaciones peores que la del anciano: un joven que perdió una parte de su oreja entre los dientes de cierto dóberman furioso; un cincuentón que vio sangrar su mano derecha, acuchillada por las hachas de London, un pastor belga.

También contaba el caso más llamativo: una niña de cinco años que recibió el colmillazo horrible en el muslito. Los patronos del can, lejos de ayudar a la inocente, esgrimieron un increíble: «A ver, fue un rasguño. Se lo he dicho a la gente, que por aquí no pase».

Cuando se profundiza en estos pasajes no resulta difícil concluir que quienes se alejan del género humano son esos sujetos insensibles, aunque articulen palabras y sean seres pensantes. Por ellos, en la vida real, se comienza a forjar la culpa, porque como expresaba Víctor Hugo, el famoso escritor, «los animales son de Dios, la bestialidad es humana».

Ladrar, morder y correr son instintos naturales. Convertirse en una fiera con ropas solo les es dado a los seres humanos.

Por eso mismo choca, roe y daña en nuestro entorno, comprobar que a estas alturas todavía un puñado de sujetos tenga más de crueldad y fiereza que los propios cuadrúpedos que deberían haber domesticado.

No dispongo de números; pero, a primera vista, parece que la cantidad de los llamados perros de raza ha crecido en Cuba en los últimos años. Esa hipotética alza debería ir aparejada de una cultura superior para manejar, enseñar, cuidar y emplear este tipo de animal, que alguien calificó como «el mejor amigo».

¿Por qué en otros lares, hipotéticamente con menos instrucción o educación, se ha cimentado el ritual de sacar a la calle a los canes con bozal y hasta con una bolsa para los excrementos, y aquí tales prácticas no abundan?, cabe preguntarse.

Ese mejor amigo del hombre no debería usarse jamás como arma intimidatoria contra quien se asoma a cualquier lugar público, mientras su dueño se mofa de la cara de pánico de sus semejantes; no debería emplearse para amedrentar a un ciclista o a un caminante; tampoco como exhibicionismo de superioridad barata.

Claro que un perro en estos tiempos se convierte en compañero, en guardián, en celoso cuidador de bienes. Mas, cuando el dueño supera en ladridos, en hocico y en patas a su mascota, merece una buena mordida social que lo discipline, lo vacune o, al menos, le quite un poco la rabia... o la soberbia.

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