Bendigamos las manos y la osadía

Autor:

Marianela Martín González

Lo conocí a través de los cristales de mi hogar. Luego supe que tenía solo 23 años y hacía poco más de 12 meses que trabajaba como liniero, desafiando la atracción gravitatoria y el sol.

Su nombre es José Luis Osorio Vargas e integra la brigada de linieros que, conformada por trabajadores de Guantánamo y Holguín, apoya a la capital por estos días en su programa de sustitución de antiguos postes eléctricos por otros que resistan la impetuosa pegada de los vendavales.

Este menudo muchacho asegura no ser adicto al peligro, a pesar de esa vocación suya por estar suspendido en las alturas y lidiando con poderosas fuerzas voltaicas.

Con su arnés cuidadosamente ajustado se mantuvo durante casi un día aferrado a un barrote de madera, zafando una madeja de cables. Quienes observábamos, apenas veíamos un rompecabezas que, de armarse, con seguridad jamás devolvería el necesario servicio.

Con cautela, el joven hizo del nuevo mástil la sede de una extensa y agotadora jornada que terminó con cada fase en su adecuado sitio; y nuevamente se hizo la luz en cada casa.

¿Qué se precisa para ser un buen liniero? Pregunté a José Luis; y Benigno Artiles Palacio, otro joven de 34 años, lo socorrió del hermetismo que parece ser un código exclusivo de estos hombres de ademanes fuertes y concentración exquisita.

«Hay que ser un humanista». Entonces, Artiles me explicó que laborar en equipo los convierte en celadores de vidas, que mientras unos ejecutan atrevidas acciones, otros vigilan para que todo permanezca ordenado, sincronizado, seguro, y así  alejar la fatalidad del grupo de hermanos.

Jorge Onelio García Cartaya, habanero que funge como jefe del contingente de linieros, interrumpió el diálogo con los jóvenes para resaltar la responsabilidad que los distingue. Lamentó que a veces pasan inadvertidos, a pesar de ser quienes en tiempo de contingencias, como en los ciclones, siendo hasta damnificados, parten a restañar redes y circuitos a cientos de kilómetros de sus hogares.

Habló del holguinero Yunieki Planches Amaro, quien es también parte del equipo y cambió su plaza en un almacén para formarse como liniero en Guantánamo.

Yunieki describió los días en La Habana como agitados. Han trabajado en más de tres municipios, y sienten que sus bolsillos no siempre reciben la recompensa de tanta entrega.

Otros del equipo se preguntan en qué rincón se ha dormido el amor de quienes cocinan para ellos en la Villa Panamericana, donde se alojan. Los alimentos son buenos, pero mal elaborados, como si estos muchachos se encontraran lejos de sus familias por opción propia y no en nombre del deber.

Como un dilema sin solución, todavía suele comportarse la formación vocacional de los jóvenes. No son pocos los oficios que tienen déficit en su reemplazo. Si la autoestima y el verdadero valor de quienes apuestan por asumir los trabajos complejos y difíciles no se refuerza como demandan estos tiempos, será embarazoso subir la cuesta de la eficiencia y la sostenibilidad, porque para alcanzar esos indicadores, las manos y la osadía cuentan, y tanto, que sin ellas no será posible cambio alguno.

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