Cuando aprendimos a pensar

Autor:

Roberto Figueroa Silva*

Por estos días en que la UJC celebrará su X Congreso es bueno recordar a los jóvenes cubanos de principios de la década de 1960, protagonistas de un hecho trascendental para nuestro país: la partida para estudiar en países del antiguo campo socialista.

En 2016 habrán transcurrido 55 años de aquellos días en que en nuestra pequeña, lejana y entonces poco conocida isla de Cuba, comenzaba ese hecho cultural sin precedentes y único en la historia del llamado Tercer Mundo.

Miles de jóvenes cubanos de humilde procedencia, hijos de campesinos, obreros y profesionales tuvieron la posibilidad de acceder a mejores centros de estudios superiores y prepararse en disciplinas del saber necesarias para el desarrollo del país que se levantaba.

Aún en aquellos tiempos, donde Cuba simultáneamente desplegaba por vez primera en América un fabuloso proceso de alfabetización de grandes masas de iletrados y con la vivencia fresca de la victoria de Playa Girón, el Comandante Ernesto Che Guevara, con su eximia y excelente visión futurista, organizó el contingente de jóvenes.

Estos, mayores de 16 años y pertenecientes a todas las razas que conforman el arcoíris de la nacionalidad cubana, jamás habían viajado, muchos menos a Europa, y solo conocían el idioma materno.

Debíamos formarnos en las profesiones de las que el país carecía, pero, además, y de golpe, se nos brindaba esa privilegiada posibilidad de estudios superiores totalmente gratuitos y deleitarnos con el conocimiento de la hermosa, amplia, extensa y rica cultura       europea, y así poder aprender idiomas difíciles pero enriquecidos por historias de mil años, recibir el acervo caluroso de sus pueblos y establecer amistades.

Fue un período portentoso para cada uno de nosotros, además de la alta educación obtenida y de lo mucho que nos ayudó en el desarrollo del sentido de pensar.

El carácter virginal de esta misión educativa nos permitió valorar también intensamente, sin distorsiones, de manera personal y directa, la verdadera historia de los pueblos en que nos encontrábamos. Salir de Cuba para estudiar en Europa constituía para todos nosotros algo solo posible en fantasías, fuera de lo común. Era imaginar lo inimaginable y pensar lo impensable.

El Che Guevara, siempre preocupado y ocupado porque los jóvenes tuviéramos el temple necesario para enfrentar cualquier tarea, organizó una prueba para comprobar que los futuros becarios estábamos dispuestos a cumplir cualquier tarea que se nos asignara, y en una zona totalmente inhóspita de Pinar del Río, Guanahacabibes, creó un campamento para que estuviéramos sembrando eucaliptos. Esto tenía un doble sentido: político y económico. Político porque se podía comprobar que podíamos estar separados de nuestros seres queridos por un largo período de tiempo, y económico porque reforestaríamos esa zona que aportaría nuevos bosques para la economía del país.

¿Qué significaron para nosotros los estudios realizados?  La grandeza de nuestros profesores no la supimos valorar cabalmente durante la época de estudiantes. Solo años después, cuando ya graduados comenzamos a tener que aplicar los conocimientos adquiridos en el trabajo diario, comprendimos cuál había sido la mayor enseñanza que recibimos: aprender a pensar y analizar.

Nos dimos cuenta que nos habían enseñado no solo las asignaturas básicas, sino que la difícil asignatura de pensar y analizar había estado siempre presente en las clases, a través de sus exigencias, su rigor, su profesionalidad y su extraordinaria calidad humana.

Ahora nos deleitamos con los ricos y dulces recuerdos de períodos muy importantes en el desarrollo de todos nosotros, y de miles de otros jóvenes cubanos que se integraron al soporte principal del desarrollo industrial, económico, comercial y cultural nacional.

La celebración de aquella fiesta inicial del saber puede ser acicate para todo joven y adulto que tenga la voluntad y disposición de aprender del pasado.

*Uno de los ganadores del concurso Planeta Cuba, convocado recientemente por la Tecla del Duende, e integrante de aquella primera hornada de jóvenes que estudiaron en los países socialistas

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