Matrimonios de urgencia

Autor:

Juan Morales Agüero

Ah, si los jóvenes actuales imaginaran cómo eran el noviazgo y el matrimonio hace la bicoca de tres décadas atrás... ¡Se morirían de la risa! Y miren que no hablo de cuando las parejas se daban balance en las salas durante diez almanaques o más —unos tíos míos, ya difuntos, noviaron durante 17 años y, en el ínterin, les desgarraron la pajilla a más de un mueble—, sino de hace poco, relativamente. ¿Acaso es demasiado tiempo el curso de 30 años?

Tener novia no era miel sobre hojuelas. El primer requisito, obviamente, era gustarle a una muchacha, enamorarla y que ella aceptara la proposición. Y no a la inversa, como suele ocurrir hoy. Formalizado el compromiso, los infortunios sobrevenían al intentar mantener la relación. Porque los desconfiados padres sometían a su hija a un «marcaje a presión», y a regañadientes le concedían permiso para pasear un rato con sus amigas.

«A las diez de la noche te quiero aquí en la casa», les decían uno y otra, conminatorios, en caso de que las autorizaran a llegarse hasta una fiestecita. ¿Y así quién tiene tiempo para romantiquear e intercambiar un par de besos apasionados? Y mucho, muchísimo menos para «aquello». ¡Ni imaginárselo!

Lo común entonces era que no pocas parejas, atribuladas por tantos obstáculos para encontrarse a escondidas, o ante la negativa familiar para darle el beneplácito al pretendiente, o por la falta de recursos para regalarse una boda con todas las de la ley, o ante la urgencia de ocultar a ultranza un embarazo, decidieran dejárselas en la uña a los «carceleros» y fugarse juntos para cualquier parte por espacio de unos días.

La escapada se hacía en secreto y casi siempre con la tenebrosa complicidad de la noche. La estrategia era siempre simple. A la hora convenida, el novio se acercaba con sigilo a la casa de la novia. La muchacha, con cualquier pretexto, pedía permiso para salir un momento. Y luego —¡zaz!— ambos ponían pies en polvorosa a bordo de un tren, un ómnibus o lo que fuera. Al rato respiraban tranquilos, tal vez en la casa de una tía consentidora o en un cuarto prestado por un amigo encubridor.

Eso sí, tenía que ser lejos de los «viejos». Porque si el padre «ultrajado» le echaba el guante al novio..., bueno, cualquier cosa podría ocurrir. Pero nada, el tiempo todo lo borra. Así, pasados unos días, la parejita retornaba a casa cabizbaja y avergonzada solo en apariencias. Y, con actuaciones dignas de un Oscar compartido, sin regaños ni sermones, tirios y troyanos se reconciliaban. En definitiva, el «mal» estaba hecho, el escándalo consumado y la materia prima para el chisme lista.

A eso que les cuento se le llamaba «llevarse a la novia». Muchos jóvenes de mi generación se casaron así y no legalizaron jamás su unión ante el serio semblante de un notario. Eran tiempos en que en las escuelas internas estaban prohibidas por reglamento las relaciones amorosas. ¡Pobre de los estudiantes a los que sorprendieran acariciándose en un pasillo!

Ahora que hay tanta libertad en las relaciones amorosas, cuando las parejas de adolescentes andan solas a cualquier hora, cuando el amor carnal comienza a edades tempranas, cuando los padres apenas son consultados en los compromisos, cuando los cambios de parejas ocurren a velocidad de vértigo, me vienen a la memoria aquellos tiempos de matrimonios de urgencia.

No siento nostalgia por ellos, lo advierto. Mi propósito solo es desempolvar una práctica y convertirla en una postal. Siempre será así por los siglos de los siglos: la gente se parece más a su época que a sus padres. ¿Estamos de acuerdo?

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