¿Aprender a aprender o aprender a pensar?

Autor:

Graziella Pogolotti

La pedagogía tiene su historia, condicionada por las circunstancias epocales, por la estructura social y por el proyecto de desarrollo humano que se está configurando. No puede edificarse al margen de otras disciplinas científicas. La historia es una de ellas, complementada por la sociología y fundamentada en la sicología, sin soslayar la filosofía, que elabora una concepción del mundo.

En la actualidad se definen dos polos antagónicos. Uno de ellos se caracteriza por el diseño neoliberal de la globalización en marcha. Parte de formulaciones económicas. El otro, todavía disperso, en busca de conceptos integradores dotados de una coherencia básica, apunta hacia una perspectiva a largo plazo. Tiene un carácter emancipatorio en lo humano, y de defensa del medio ambiente con vistas a la preservación del planeta, esencial para todos y, en particular, para nosotros, habitantes de las islas, amenazados ya por el crecimiento de los océanos y otras realidades. La interdependencia de los fenómenos no puede desconocerse a la hora de formular un pensamiento pedagógico a la altura de nuestras necesidades. Los medios digitales proveen de una gigantesca información. Para el que sabe buscar con un propósito bien determinado, encuentra materiales de suma utilidad. Para hacerlo con efectividad, hay que disponer de un pensamiento crítico que permita separar la paja del grano.

Por su aparente eficacia, los métodos pedagógicos de inspiración conductista se han utilizado ampliamente. Se traducen en la práctica en el mecanismo estímulo-respuesta. La memoria sustituye la capacidad de análisis, la comprensión profunda del problema planteado, todo lo cual explica las razones de muchos fracasos académicos. Al modificarse los términos de la pregunta, el estudiante no encuentra la respuesta adecuada. Tampoco desarrolla la facultad de plantear sus propias interrogantes, aquellas que conducen al descubrimiento y a la innovación. Sumido en la bañera, al observar el efecto propulsor del agua, Arquímedes encontró la clave de la palanca, capaz de mover el mundo.

Transcurrido algo más de un lustro después del término de la Segunda Guerra Mundial, recorrí centros industriales de la Gran Bretaña. En Manchester, Lincoln y Sheffield coexistían las etapas históricas de la Revolución industrial. En la producción de acero, los obreros sin camisa introducían las barras en los hornos ardientes. En Manchester un molino de harina se situaba en la avanzada de los tiempos. La alta nave cobijaba anchos tubos. Cerca del techo, un hombre controlaba los relojes. Abajo, otro barría el ligerísimo polvo. El obrero tradicional había desaparecido. Los cambios tecnológicos han desplazado la mano de obra. Así Detroit se ha convertido en ciudad muerta. Ha surgido un asalariado de cuello blanco, rápidamente desechable si no dispone de los recursos necesarios para el reciclaje.

Un nuevo concepto de universidad se define, sometido a las demandas del mercado de trabajo. Centros de élite producirán los investigadores requeridos para el avance de la tecnología. Todo ello sucede al amparo de una divisa tentadora: aprender a aprender, lo que supone el descarte del memorismo, pero limita el horizonte del saber, esencia del desarrollo de una cosmovisión integradora y una formación ciudadana, ambas cosas inseparables.

Corresponde a la universidad producir conocimientos al servicio de la sociedad, nunca identificable al mundo empresarial. Muchos resultados de sus investigadores se revierten en la práctica y producen beneficios tangibles en el campo de la ciencia y la tecnología. Esta vía financia parcialmente la sostenibilidad de la educación superior. Absolutizar las ventajas derivadas de estos beneficios desvirtúan el objetivo fundamental de la institución. Su carácter es formativo. No se reduce a ofrecer un entrenamiento para responder a las exigencias de un mercado laboral perecedero, presionado por la constante recalificación inaccesible para muchos. La misión de la universidad consiste en forjar ciudadanos conscientes con arraigados valores éticos, dispuestos a la autosuperación y conocedores de la perspectiva de desarrollo de la sociedad en la que habrán de trabajar en tanto partícipes activos, jamás robots programados. Una vez más, ciencia y conciencia andan de la mano.

De lo que se trata, en suma, es de aprender a pensar críticamente, de afinar las herramientas de análisis, de afincar la modestia socrática ante el saber —«solo sé que no sé nada»—, de formular las interrogantes básicas, de relacionar los fenómenos de distinta naturaleza y de asumir un punto de vista crítico ante la información proliferante y atomizada.

Vivimos bajo el signo de la globalización, vale decir, de las transnacionales de la economía, de la información, de la educación y del entretenimiento. La imagen virtual sustituye el contacto directo con la realidad. Crea la ilusión de sentirnos todos iguales porque accedemos, en condiciones semejantes, a la infinidad de estrellas de nuevo tipo. Mientras tanto, se imponen políticas de ajuste bajo el manto de la austeridad y se producen terapias de shock. Como ocurrió en la Argentina hace algunos años y sucede ahora en Grecia, podremos despertar un día con el fogón apagado. Más que en ningún otro momento de la historia, las desigualdades se manifiestan al interior de cada país y a escala internacional, entre un poder saqueador sin rostro y la periferia. Urge en estas circunstancias repensar la educación en sus trasfondos filosóficos, sociológicos y metodológicos, para garantizar el futuro de un sujeto pensante, creativo y protagónico.

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