Cuba Sí

Autor:

Juana Carrasco Martín

«Estamos aquí y estaremos por la dignidad, la entereza, el valor, la firmeza ideológica y el espíritu de sacrificio y revolucionario del pueblo de Cuba, que hace mucho tiempo hizo suyo el concepto de que el socialismo es la única garantía para seguir siendo libres e independientes». Las palabras con las cuales nuestro Presidente, el compañero Raúl, cerró su largo y enjundioso discurso del 18 de diciembre de 2010, ante la Asamblea Nacional, vienen como anillo al dedo para fijar posición cuando estamos a punto de ver izarse la bandera de las barras y las muchas estrellas en un asta frente al Malecón habanero.

La embajada estadounidense, abierta el pasado 20 de julio en la capital cubana, tendrá también su ceremonia oficial, a la que asistirá el secretario de Estado, John Kerry, y con respeto y en plena igualdad soberana seremos testigos de una etapa nueva de las relaciones diplomáticas.

La convivencia es posible, pero nadie debe obnubilarse, no estamos ahora en el otro extremo, el de la total normalización de unas relaciones que hasta el pasado 17 de diciembre fueron de evidente enemistad, y que todavía no son plenas.

Que el proceso que viene tiene una puerta de entrada, lo ha dejado claro Cuba: el bloqueo debe finalizar. Porque es un crimen de lesa humanidad a que ha estado —y sigue— sometido este pueblo desde hace más de medio siglo. No pocos estadounidenses también lo consideran desde esa misma perspectiva. Otros, y tampoco son pocos, lo ven desde el pragmatismo que caracteriza la política de esa nación imperial: no les resultó un plan efectivo para sus objetivos de derrocar a la Revolución, y deben modificarlo…

¡Para qué mencionar a quienes hacen lo indecible por mantener el «embargo», y que ya no son tantos! Sin embargo, tienen aún curul y poder, y ejercen sus presiones, ya sean mediáticas o desde el Congreso y la ascendencia partidista.

Al Congreso de su país le ha pedido el presidente Barack Obama, en tres ocasiones en los últimos meses, que derogue tal política. Otro tanto ha hecho la principal aspirante a la candidatura presidencial del Partido Demócrata, la ex secretaria de Estado Hillary Clinton.

«El embargo sobre Cuba se tiene que acabar de una vez por todas», dijo con vehemencia —y en Miami— la señora Clinton. Utilizó, por supuesto, el término eufemístico tras el cual han escondido al bloqueo, y argumentó sus razones: «No podemos esperar más de una larga política fracasada que dé sus frutos», hay que «apoyar el cambio en la Isla».

Ese «cambio» no es precisamente al que aspiramos la mayoría de los cubanos, el que nos mejore la vida y nos haga mejores, señalado por Fidel en un memorable concepto de Revolución expresado ante los jóvenes universitarios. Para la influyente política demócrata, el bloqueo debe reemplazarse «por medidas más inteligentes que logren afianzar los intereses de Estados Unidos».

Cabe preguntarse: ¿Cuáles son los intereses de Estados Unidos? Esos mismos que han mantenido a lo largo de la historia. El vecino norteño no quiere quedarse fuera de la economía de la Mayor de las Antillas, aspira a ubicarse como inversor y facilitar un supuesto brinco atrás hacia el capitalismo. Hillary fue diáfana al definir el «enfoque inteligente» que brinde «poder al sector privado y a la sociedad civil en Cuba, y a la comunidad cubano-estadounidense para fomentar el progreso y presionar al régimen».

Con los pies en el escenario que pisaba, la Clinton argumentaba: «Como saben, yo fui escéptica también. Pero les prometieron progreso durante 50 años y no podemos esperar más que una política fallida dé frutos. ¡Tenemos que aprovechar este momento!».

Al mismo tiempo, y coincide la candidata con la política presidencial, expresaba la importancia de recuperar un espacio político perdido a nivel hemisférico. La normalización de las relaciones con Cuba servirá para abrir puertas con el resto de América Latina, otro reconocimiento de una política fallida. «Durante años —dijo—, nuestra política hacia Cuba ha impedido nuestra habilidad como país de liderar en la región» (…) «Estados Unidos necesita liderar en las Américas. Si no lo hacemos, no se engañen… otros lo harán».

Fue precisamente la Cumbre de las Américas la que le mostró con mayor claridad a la administración estadounidense ese contexto adverso. El encuentro de abril en Panamá estaba abocado a no celebrarse si Cuba hubiera estado ausente.

«Ninguna región en el mundo es más importante para nuestra prosperidad y seguridad a largo plazo que América Latina», puntualizó.

Por supuesto, la posibilidad de cooperación entre nuestras naciones, en plano de igualdad y respeto soberano, resultará de beneficio mutuo y es posible dar los pasos que cierren una política de hostilidad que ha marcado páginas indelebles en nuestra historia. No pocas de ellas se remontan incluso a la larga noche colonial o a las indignidades cometidas durante la República mediatizada, como aquella del marine profanando la estatua de Martí…

Sin embargo, recordemos que Estados Unidos tiene relaciones diplomáticas y también económicas con países con los cuales incluso llevó el enfrentamiento hasta cruentos conflictos bélicos. Cuba las tiene con la inmensa mayoría de la comunidad internacional, y en ella hay naciones hermanas, otras amigas y algunas que en determinados momentos también han puesto en práctica políticas hostiles con la intención de presionar en asuntos internos, pero no han podido quitarnos el sueño, ni los sueños, ni hacer cambiar el rumbo.

Ahora, se inicia un proceso complejo de diálogo en busca de una normalización en el que se mantendrán diferencias y relaciones antagónicas, pero es hora de aceptar por ambas partes que es posible una convivencia civilizada en la que nadie tiene que echar a un lado posiciones y principios, pero sí respetar el rumbo escogido por el otro con total independencia.

Corren por ahí algunas frases modificadas en su profundo concepto histórico. No nos llamemos a engaño. Cuba Sí, estadounidenses de buena voluntad también; pero yanquis No. Al pan, pan…

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