¿Tirar la toalla en el verano? - Opinión

¿Tirar la toalla en el verano?

Autor:

Osviel Castro Medel

Imagino que a aquellas pequeñas toallas, colocadas tras el cristal de la tienda Los buenos precios, deben dolerles los oídos. O que han de estar sufriendo las quemantes temperaturas de estos tiempos, sin un caballero andante o una princesa que las rescate del  absurdo cuento en que viven.

Sucede que varios clientes, en distintos momentos, pasaron por ese establecimiento, ubicado en el corazón de Bayamo, con el objetivo de comprarlas, pero las respuestas de las dependientas los pasmaron. «No se pueden vender porque es una exposición para el verano», «ya las vendimos todas, esas que están ahí son de muestra para el verano», «es una orientación de la Empresa... en el verano», dijeron aquellas compañeras.

Tales réplicas, nacidas de una disposición vertical, movieran a la risa si no denotaran un fenómeno archiconocido y a la vez nocivo para nuestra cotidianidad: buscar la apariencia, la fachada y «la pantalla» a toda costa.

Sin embargo, estas líneas no pretenden explayarse analizando esa propensión a usar un espejo ficticio y una imagen disfrazada, látigos que nos azotan a menudo. Pretenden tocar mínimamente otra tendencia que está reflejada en la anécdota inicial: esa que culpa a esta época del año de dislates pequeños o colosales; de medidas, regulaciones y preceptos incomprensibles bajo los rayos solares o la Luna.

No resulta difícil encontrar hoy, en cualquier lugar, centros de trabajo fantasmas que se acogieron a «vacaciones masivas», al «horario de verano» y a otras modalidades que provocan quietud e inactividad laborales a cualquier hora del día.

Y claro que no estoy en contra del merecido y necesario descanso en el período estival de muchos de los que, con sacrificios inefables, empujan el carro del país, pero sí de la manía de endilgarle al verano desatenciones, irracionalidades y desaguisados.

¿Es utópico que una persona con «firma autorizada» haya frenado durante días un proceso de trámites porque se marchó de vacaciones y no se previó una variante para esa coyuntura? ¿Con cuánta frecuencia ocurre que una entidad dedicada a atender a la población ha «tirado la toalla» —y no precisamente bajo un cristal— hasta el mismísimo septiembre? ¿Y no se ha visto, hablando de otra arista, que los productos de un restaurant fueron subidos de precio por la llegada de estos dos meses? Las respuestas a esas preguntas duelen, aunque son inobjetables.

Hace unos días, en la misma ciudad, choqué con un desatino cuya raíz intentaron buscarla también en la sacrosanta etapa estival: la academia provincial de ajedrez extendió, en teoría, su horario al público durante los meses de vacaciones, mas muchos días de julio permaneció a oscuras, precisamente, por el sobreconsumo que produce el verano.

Julio y agosto han funcionado además, en la filosofía de algunos, para intentar justificar la música estridente hasta las cuatro de la mañana, ciertos exhibicionismos de torsos en lugares públicos y hasta la corriente de orinar a plena luz del día en cualquier lado. No obstante, esos son temas para otros comentarios.

Por supuesto que muchas entidades se preparan minuciosamente, con intencionalidad, para esta etapa; y triunfan en su empeño de alegrar a propios y ajenos. Pero eso debería ser regla sin excepciones, un estilo generalizado que contagie de este a oeste; un modo de vivir, de pensar y de hacer en cada rincón de la nación.

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