Depende, de todos depende…

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Algunas miradas se perdían a lo lejos y no pocas cabezas quisieron encontrarse con el ombligo mientras la señora del bastón seguía preguntando: «¿Dónde está el asiento para los impedidos?». El silencio fue la respuesta, aunque la señal gráfica en la pared del ómnibus era perfectamente visible y pese a que los ojos de quienes íbamos de pie se clavaron en aquellas personas que, sentadas a gusto en ese asiento y en los contiguos, no se dieron por enteradas.

La señora se tambaleaba, y las espaldas de los pasajeros en el pasillo pudieron protegerla hasta que una mujer, desde el asiento cercano a la puerta, le pidió que se acercara para cederle su lugar.

Otra escena similar puso a prueba mi paciencia cinco paradas más tarde, cuando subió a la guagua una muchacha con su bebé en brazos y una mochila en la espalda. No hubo espontaneidad alguna que le permitiera viajar más cómoda en un asiento y tampoco se supo cuál era el destinado para ella. Toqué el hombro del hombre que leía un periódico, y al parecer comprendió mi mirada que le reclamaba: «¿Por qué tengo que levantarme yo si llego hasta el final del viaje?», y ofreció su espacio.

La señora del bastón y la joven madre también viajaron hasta el destino final, y pudieron descansar sus pies y espaldas gracias a que —aunque a regañadientes— se les respetó su derecho, no escrito en legislación alguna, pero sí en la cortesía que demanda el ejercicio de una sensata conciencia social.

¿Por qué quien tiene limitaciones físicomotoras no puede encontrarse frecuentemente con la mano solidaria que le ofrezca un asiento en la guagua, o que le ayude a cruzar una avenida, o que le dé la posibilidad de pasar a comprar sin hacer la cola? ¿Acaso una madre con uno o más hijos no puede tropezarse fácilmente con un gesto de amabilidad de alguien que le ayude a subir o a bajar de un ómnibus, que le ceda un asiento o que le ayude a llevar paquetes y bolsos? Un niño y un anciano, ¿no merecen la bondad de quien pueda ofrecerles un tránsito más cómodo y seguro en el viaje largo y extenuante de una ruta intermunicipal?

El comentario sobre los hechos relatados se multiplicó entre los pasajeros. Alguien afirmó que para recuperar todo lo que se ha perdido en cuestiones de modales y cortesía «habría que escribir una ley y aplicarla con mano dura»… Otro espetó que «eso es asunto de la familia, de la educación de los padres y los abuelos»… No faltó quien juzgara solo a los jóvenes «que van por la vida sin importarles los demás que les rodean», quien culpara a los maestros y los que aseguraron que les toca a todos reaccionar en situaciones como estas «y no quedarse callados, ajenos, como si no fuera su asunto».

Inquiero: ¿resulta tan difícil actuar, guiados por el sentido común y el goce espiritual que se experimenta cuando se hace un bien? ¿Será que se puede ser tan egoísta y olvidar que la señora del bastón, la madre con su bebé y su mochila, el anciano que suda con la bolsa de papas a cuestas y la enfermera que no controla el sueño que pesa sobre sus párpados merecen dosis de gentileza a su alrededor? Se nos escapa, de repente, el pensamiento de que los roles cambian a diario, y puede que mañana cualquiera sea quien anhele que alguien le regale un gesto de delicadeza.

La cortesía, el buen trato, la amabilidad con los demás no han desaparecido. Sucede que los ignoramos porque es más fácil cambiar la vista o hacerse el dormido para que otro sea el que actúe… Y así sucede no solo a bordo de una guagua, pues abundan estas conductas en los centros de trabajo, al caminar por la calle y ver que a alguien se le desparramó el contenido de su bolso o que carga pesadas libras y nadie se ofrece para ayudar… «Me hago el tonto y que otro asuma», se piensa, «y a la hora de los mameyes, me ocupo de mí y mis necesidades, y de los demás ni me acuerdo».

¿Acaso no queremos todos una convivencia social más placentera? ¿De quién depende?

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