Por la orilla

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Uvas, cangrejitos de guayaba y coco, dulces finos, pan con jamón, pizzas, paleticas de helado, bocaditos, refresco, tamales, sorbetos, pellys, galleticas de chocolate, palitroques, mamoncillos, mazorcas de maíz asadas, confituras... Todo eso se pregona por la orilla de la playa. Y todo desaparece si se acerca alguna autoridad que les pueda incomodar.

Vendedoras y vendedores se recogen con destreza apenas el ambiente «se pone malo». Nadie quiere ser requerido por comercialización ilegal. Pero tampoco se marchan a su casa o a algún lugar donde puedan defender mejor su licencia. Prefieren andar esquivando cualquier multa.

«Solo están autorizados los papalotes, los masajes y las fotografías», me cuenta una de las señoras que pasa todo el día andando y desandando los metros más cercanos a donde estamos mi familia y yo. Cada día ha venido cerca de nosotros y ha conversado un rato. Todo después de que una de esas veces se viera necesitada de dejar sus productos con otros y salir «a despistar», porque el ambiente estaba tenso.

Escucho sus razones (o las que ella repite para intentar explicarnos su situación), y me pregunto cuánto resuelven mi familia y cualquiera de las que disfrutan en la playa este verano, con los servicios de fotógrafos, papaloteros o masajistas. ¿Alguno es imprescindible para el contexto playero? Si tengo hambre o sed (lo más común en este lugar de sol y agua salada), ¿me doy un masaje, me tiro una foto o alquilo un papalote? ¿Y ya?

«Dicen que prohíben lo que hacemos para cuidar el medio ambiente», sigue explicando ella. Y yo volteo a mi alrededor y por más que me esfuerce —y la vista aún no me ha pasado la cuenta— no logro divisar cesto de basura alguno. Porque no lo hay. De los rústicos y poco funcionales que pude ver el pasado verano por esa misma zona de El Mégano (hechos con cuatro palos y un nailon negro), ahora no queda ninguno. ¿Qué hacer con la basura?

La lógica vuelve entonces a gritarme que los vendedores ambulantes no son la única posible fuente de contaminación. Porque en las playas se come, pasen ellos o no. La comida puede venir desde casa o adquirirse antes de acomodarnos en la arena, pero de que está, está. Entonces, ¿por qué esta sería la razón de la prohibición?, ¿cuál es la verdadera limitante?

Además, no siempre se puede cargar con todo desde casa. O los más jóvenes casi siempre preferimos andar ligeros de bultos y resolver con las ofertas más cercanas y asequibles. Es cierto que existen áreas de venta para los quioscos estatales y no estatales. Pero están distantes unas de las otras. Y, para colmo de males, no hay tanta variedad en las opciones, pues lo más común es hallar alguna que otra oferta de cajita con comida o cualquier tipo de bocadito, acompañados de algunas bebidas. Y a veces se quiere más, o se tiene menos. ¿Por qué prescindir de los servicios de los vendedores ambulantes que conquistan la orilla de la playa? ¿Por qué limitarnos en opciones, cuando podemos tener maravillas, siempre que sean bien intencionadas y bien habidas?

Razones más, razones menos, lo cierto es que hay prohibiciones que tal vez deberían reconsiderarse o, como en este caso, adaptar el contexto para que no se vulnere ninguna condición indispensable de sanidad, cuidado o seguridad. Pero que la solución no sea botar el sofá, como hizo el esposo despechado ante la prueba de la traición de su esposa.

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