El telón que nunca cae

Autor:

Mauricio Escuela

No fue una partida, más bien fue una llegada. No salió de este mundo, sino que entró al universo de la sonrisa. El niño nos mira desde el escenario, junto a sus muñecos, bromea y hasta vemos cómo guiña un ojo. Lo acompañan los personajes de sus obras: Tin el Sabio, Raulín, Tina y Fina, las vecinas que hablan sobre la fantasía como algo posible. El Gato simple, siempre amigo del pícaro ratón, nos señala una estrella que rutila sobre las dos iglesias de San Juan de los Remedios. La luz sube hasta el Tesico y se vuelve amor.

El poeta, dramaturgo y guionista de televisión Fidel Galván Ramírez, director desde su fundación del prestigioso grupo de teatro Guiñol de Remedios, el artista distinguido con varios lauros durante su prolífera carrera artística, el autor de más de una veintena de obras para niños y jóvenes —algunas de ellas incluidas en antologías, revistas y libros de la enseñanza primaria en Cuba, y llevadas a la radio y al cine—, nos ha hecho un guiño triste ante la muerte.

Fidel y su fidelidad al arte, Galván y su galvánica energía para tornar inolvidable lo olvidado. El Maestro (o el niño) se sitúa en la floresta de los símbolos de que hablara Beaudelaire, en ese Parnaso de los sabios locos de encanto, donde yace la poesía como oro de dioses. Aún durante mucho tiempo obrará su mística sobre el cielo de Remedios. Tendrá la noche que competir con la risa que el niño esparce desde el retablo de muñecos.

Entonces habrá esa luz en los ojos de tantas generaciones que oyeron la música de los viejos titiriteros de feria, a la sombra de un hombre que creció hasta ensanchar el horizonte del teatro para niños en Cuba. Su misterio, tan simple como profundo, ha consistido en una pizca de polvo de asombro con mucha ternura. Los personajes, tan ciertos como increíbles, podrían sorprendernos en cualquier calle de este u otros mundos.

No salió, entró; no descansa, vive. Está sentado ahora mismo en la luneta de la primera fila. Podemos verlo con su barba larga y cuidada, o quizá mucho más joven, como un niño que aún sueña con la actuación. Un maestro que aprende de cada destello y describe en la lluvia el tintineo de las verdades menos ocultas y más   difíciles.

Como toda obra de gran poeta, sus letras se extienden en la estera del tiempo hasta volverse inconclusas. Remedios no llora a un hijo, no hay lágrimas en la risa de tantos rostros. Las sombras pierden lugar porque el artista sobrepasa al hombre. El telón jamás cae cuando el aplauso es incesante, merecido, inevitable.

Seguirá allí, en esos niños que ya son viejos y serán siempre niños. En aquellos que acaban de nacer, en los que están por llegar. Fidel Galván pasa sobre los tejados de Remedios envuelto en luces y músicas de retablos medievales, llegará para alegrarnos en las fiestas de San Juan y las parrandas. Quizá durante otros 500 años. La gente será simple y brillante como el Gato, inocente y despierta.

Esta vez el telón no caerá, las luces están encendidas, el público sigue de pie. Será que al fin se entiende que los poetas tienen un alma luminosa que jamás fenece. Pero Galván cuenta con el amor de todos y más aun: él mismo es amor. Lo acompañan de un lado, su grupo Rabindranath Tagore y del otro, José Martí. A sus espaldas hay una luz demasiado intensa como para nombrarla.

No salió, lo vemos entrar, camina hacia la floresta de los poetas. Alguien menciona la palabra genio, otros murmuran frases entre ruidos de escenario. Las luces nos ciegan y apenas lo vemos cuando su risa se oye más alto, allá, en lo alto del universo, donde otras risas lo reciben.

El telón sigue sin caer, la obra continúa.

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