Mala palabra

Autor:

Juan Morales Agüero

Hace un par de años, mi hija Beatriz —por entonces de siete años de edad— vino a mi encuentro con cara de pocos amigos. «¿Qué te ocurre, mi amor?», le pregunté con cariño y sin darle mucha importancia a su semblante. «Papito, es que mi hermana Sofía no quiere jugar conmigo», se quejó.

«Mira, mi chiquitica —intenté consolarla, aunque convencido por su expresión de que todo resultaría inútil—, a veces las personas queremos estar tranquilas. Tal vez ella no tenga ahora deseos de jugar. Eso ocurre con frecuencia. Dentro de un rato quizá sí. Espera un poco y verás».

Lejos de apaciguar su berrinche, mis palabras surtieron el efecto contrario: «¡Papito, siempre defiendes a Sofía! Ella prefiere estar leyendo ahí acostada en su cama mientras yo estoy aquí aburrida. Y tú, en vez de regañarla, mira lo que me dices», replicó indignada. Y por ahí bla bla bla…

Aguanté a pie firme su perorata, suspiré profundo y opté por quedarme callado. La miré tiernamente a los ojos, pero me apartó la vista. Quise alegrarla con una caricia, pero me evadió con un manotazo. Luego abandonó la habitación con la cabeza erguida. «Es solo una tormenta fugaz, ya se le pasará», me consolé. Y tomé asiento ante mi computadora.

Acababa —¡por fin!— de escribir la primera línea de un reportaje pendiente, cuando sentí que «alguien» se situaba con mucho sigilo a mis espaldas. Era Beatriz. «Papito, tengo que decirte algo importante», me dijo bajito y con un halo de misterio. Por su semblante comprobé que la perreta se le había pasado, vaya usted a saber por qué motivo.

«Dime, mi amor», le dije, atrayéndola hacia mí. Entonces, casi al oído, me musitó: «Sofía dijo anoche una mala palabra de las grandes». Volví a suspirar profundo y a mirarla a los ojos. Evidentemente, quería cobrarle a su hermana su negativa a jugar. Ah, ¿cómo actuar cuando se es juez entre las dos criaturas que más uno ama? ¿Cómo?

Traté de ensayar un sermón: «Beti, eso está mal hecho de parte de Sofía. Las niñas no deben decir malas palabras. Pero cuando eso vuelva a ocurrir, no me lo digas. Porque si tu hermana se entera, en lo adelante no tendrá confianza en ti, ¿comprendes? Si la vuelve a decir, la regañas. Aunque espero no se repita. Hoy vamos a resolver esto. Sofía tendrá que explicarnos. Dile que, por favor, venga acá».

Un destello de rara alegría iluminó su rostro adorable. La escuché llamar en alta voz y tono autoritario: «¡¡Sofíaa, dice papito que vengas acá inmediatamente!!». Lo de «inmediatamente» —ustedes lo notaron— lo puso ella con toda intención. Pero no le di importancia a ese detalle.

Sofía vino al momento, saltando como una ardillita. Quise salir rápido del trance, y le dije muy serio: «Me acabo de enterar que anoche dijiste una mala palabra grande. Eso no es lo que te he enseñado. Quiero que me expliques qué… ».

Sus carcajadas dejaron trunca mi frase. Y yo, indignado: « ¡Oye, Sofía, eso no me da ninguna gracia!». Y ella, como si tal cosa: «Jajajajajajaja…». Y yo: «¡Pero Sofía!». Y ella: «Jajajajajaja». Al fin se tranquilizó un poco.

«Mira, papito, eso fue anoche y tú habías salido —comenzó a contarme. Hubo un apagón tremendo y todo quedó oscuro. No teníamos velas, ni faroles ni ninguna luz en la casa. Tuvimos que acostarnos. ¿Te imaginas estar en la cama sin sueño? No podíamos ver televisor, ni jugar en la computadora, ni leer… ¡Solo estar en la cama y conversar! Y rato y rato y nada de corriente… Como a las 11 de la noche la lámpara del cuarto se encendió. Entonces…».

Volvió a doblarse de la risa. «¿Entonces qué, Sofía?», le exigí. De nuevo esperé a que acabara de reír. «Entonces, papito, me puse tan contenta que se me fue. ¡Te juro que se me fue! Exclamé muy alegre… “¡al fin llegó la luz, c…!”».

Cuando escuché a Sofía emplear en tono de alegría la acepción plebeya de los órganos reproductores masculinos, quien por poco se parte de la risa soy yo. Ella jamás ha sido lenguaraz, pero, ¿a quién no se le ha escapado alguna vez un exabrupto similar en situaciones parecidas? ¿Por qué entonces reprobárselo a ella con frágil puritanismo?

A nuestro lado, indignada, Beatriz me torció los ojos. Y me soltó: «Papito, así que vengo a contarte que Sofía dijo una mala palabra de las grandes y lo que te da es risa. ¡Ni siquiera un regaño! Jamás volveré a decirte nada».

Y ni corta ni perezosa, mi princesa menor me dio la espalda, tiró ruidosamente la puerta y se marchó a toda prisa a jugar con la amiguita del apartamento de al lado.

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