El viejo recipiente desbordado

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Por guardar siempre una movilidad animosa y acumular esa gracia «uniformada» y única de arreglárselas para ver estrenar mochila recién comprada, atestiguar la merienda que prepara la abuela, observar cómo recogen el maletín de la beca y estar «en talla», entre tanta gente que se entalla y ajusta al iniciar caminos nuevos o al volver por senderos ya conocidos, septiembre me resulta ahora, después que ya no tengo horario de entrada ni de salida, un viejo recipiente desbordado, protegido en el patio más íntimo de uno, algo así como un abrevadero superlativo de la añoranza.

Y si por casualidad tropiezas en los preliminares de este mes con un ejemplar al estilo de los niños de una lata de compota, algo parecido a ti cuando eras un entusiasta colegial de primaria, con el cinto del short casi debajo de las axilas, barrigoncito, ojigrande y medio calvo, es cuando a uno se le remueven de verdad los cimientos nostálgicos de esa fascinación laberíntica que son las anécdotas de los tiempos escolares, los cuales van, al menos en mi caso, desde la primera perreta a la maestra de las vías no formales, hasta hace cinco o seis añitos nada más. ¡Qué lástima!

Pero lo imperdonable, lo inadmisible a esta hora, lo que no vendría a resolver ningún problema, sería aclimatarnos con pesadumbre en ese prolífico inventario de recuerdos que nos devuelve septiembre. Y no ponerlo en contexto, o conformarnos con tenerlo, fríamente, sin encontrarle seguimiento, relación, asidero y sentido en las prácticas emergentes de estos tiempos cambiantes, en las alteridades comunicacionales y los usos tecnológicos de una época y un espacio de configuraciones diferentes, donde alumnos, maestros y padres convergen con miradas, experiencias e incentivos múltiples.

No imagino del todo la reacción fatigosa de Luisa, una de las profesoras más severas que tuve, si hubiera descubierto que dos de sus alumnos escuchaban música a escondidas, en plena clase, a través de un mp3 o de un celular. En nuestras buenas jornadas, nos podía regañar y a más de uno se lo hizo con total merecimiento por pasar un papel por toda el aula, virarse a hablar con el del lado o jugar a los ceritos en la última hoja de la libreta.

Pero ese riesgo de que te quitara los audífonos, o de una reprimenda porque un móvil indiscreto sonara en medio del turno, no se corrió en mis cursos de secundaria y de preuniversitario. Ya ahora puede ser normal, y si no se permite por razones entendibles, al menos cabe la posibilidad.

¿Qué veinteañero avanzado, con los 30 arriba ya, no conoció aquellas computadoras medio hermanas del televisor Krim 218, con una tortuguita que para que diera un paso, después de programar, sumar y quitar, había que encomendarse  a fuerzas ultraterrenas? Lo que podía ocurrir cuando, casi persignándote, le dabas finalmente al botón que decía Return a ver si no salía error, era cosa de...

Ya eso ni remotamente sucede hoy, y hay gente que obvia hasta acordarse de aquello, cuando algunos niños llegan al círculo con una destreza con el mouse y en el manejo de dispositivos táctiles que sorprende, incluso, a los propios maestros.

Claro está, esa asunción de lo moderno, de lo actual, se nos vuelve lógica e impostergable, pero amerita combinarse con la inquietud de hacer saber, como un recurso de instrucción para entendernos mejor, lo que se tuvo en el pasado, con lo que se contó para fraguar el conocimiento de generaciones precedentes que también, como las de ahora, son expresión de una escuela de principios flexibles, abierta al futuro, con el humanismo y la ética como máximas, y una crecida vocación de servicio a su tiempo.

Esa postura proyectada al futuro significa que fórmulas nuevas y viejas pueden ir de la mano; que recursos y destrezas de ayer y hoy tienen maridajes apreciables en el largo y prometedor camino de la enseñanza y la forja del hombre útil; que la educación, no vista o reducida solo al trazado y la impartición disciplinada de los programas de clase, sino entendida desde una perspectiva mucho más integral, polifacética y dialéctica, que nos incluye a todos,  es un producto de cada período histórico, con la sumatoria y el cimiento clave de todo cuanto nos ha antecedido.

No importa que ese germen, esa semilla predecesora sea material o ya no exista. No importa si son espejismos, lecciones o nostalgias lo que nos va quedando otra vez en septiembre como testimonio de lo que hubo, que por extensión es lo que fuimos y lo que somos unos y otros, y todos juntos.

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