Costumbres…

Autor:

Alina Perera Robbio

A Ñeñeca, amiga

y cronopia indomable.

Hay costumbres sanas, de las que poco a poco nos vamos haciendo. Suelen llevarnos a nuestros olores predilectos, los recónditos, y a los caminos que podemos recorrer con los ojos cerrados.

Son las que nos hacen sentirnos bien mientras hacemos reposar nuestra frente sobre la piel fina de la madre, o mientras nos dejamos caer sobre la conocidísima tela del sofá de una hermana, o mientras conversamos con un viejo amigo que es como el padre, en un ritual que se viene repitiendo hace ya años.

Bendita y salvadora es la costumbre de peinar a los hijos, de asentarles los uniformes con la plancha, de ajustarles los zapatos, de preguntarles: «¿A dónde van…?». Buenas son tantas escenas recurrentes en nuestras vidas, como las ropas mojadas que levantamos sobre las tendederas, o el café que tomamos e invitamos a tomar, o la búsqueda en los espejos, siempre igual, para saber si seguimos estando ahí, frescos o algo marchitos por culpa de un sueño perdido hace tantas noches.

Peligrosas son las costumbres que no llevan a ninguna parte, que dan la sensación de estar echando la vida por el caño en vez de estar acumulando triunfos, deslumbramientos, lealtades y aprendizajes. Malas son esas rutinas enajenantes que nos hacen sentir tristeza, desazón, que nos van anestesiando hasta hacernos perder la capacidad del asombro.

Esas habitan en actos cuyos desenlaces no alcanzamos a ver. Ellas nunca invitan a preguntar: «¿Por qué no?»; más bien nos dejan un cansancio ridículo, de albatros mojado sobre el muelle, que nos lleva a esta conclusión: «¿Para qué?».

Por eso estoy convencida de que, en una suerte de observatorio incansable, debemos revisar nuestras costumbres, para saber cuáles nos hacen vitales, hijos felices de la especie (y por tanto generosos), y estar alertas e hipersensibles con aquellas que nos quitan el divertimento y la capacidad de crear.

Hablando de usanzas, el escritor argentino Julio Cortázar ha sido como un faro permanente desde que lo descubrí. Admirarlo es una de mis más gratas costumbres. Él, por cierto, dejó un texto maravilloso, titulado Me caigo y me levanto, donde nos comenta sobre la necesidad de alterarnos para toda rehabilitación posible:

«¿Cómo nos daremos cuenta de que hemos recaído si por la mañana estamos tan bien, tan café con leche, y no podemos medir hasta dónde hemos recaído en el sueño o en la ducha? Y si sospechamos lo recayente de nuestro estado, ¿cómo nos rehabilitaremos? Hay quienes recaen al llegar a la cima de una montaña, al terminar su obra maestra, al afeitarse sin un solo tajito; no toda recaída va de arriba abajo, porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe dónde se está. Probablemente Ícaro creía tocar el cielo cuando se hundió en el mar epónimo, y Dios te libre de una zambullida tan mal preparada. Tía, ¿cómo nos rehabilitaremos? Hay quien ha sostenido que la rehabilitación solo es posible alterándose, pero olvidó que toda recaída es una desalteración, una vuelta al barro de la culpa. Somos lo más que somos porque nos alteramos, porque salimos del barro en busca de la felicidad y la conciencia y los pies limpios».

Es eso: perder la calma con las malas costumbres, si lo que está en juego es la alegría de existir…

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