La virtud, sin ser máquinas

Autor:

Osviel Castro Medel

Acababan de celebrar una reunión de las «excelentes», en la que muchos habían hablado sobre los valores, el trabajo hombre a hombre, las conductas justas, el radio de acción y otros términos con posible utilidad práctica.

Algunos hasta pusieron ejemplos personales de cuánto hacían por sus semejantes y cuánto batallaban, día a día, por un mundo mejor. Y así se fueron a la merienda, que era el colofón de aquellos debates interesantes, cargados de muy buena teoría.

Al terminar, el local del refrigerio se había convertido en un riachuelo de desechos lanzados en varias mesas, el piso… jardineras. Pocos se tomaron «el trabajo» de echar cada nailon y los pedazos sobrantes de pan en el cesto habilitado, el que, por cierto, no estaba muy lejos.

Presenciando la escena, no pude entender en primera instancia cómo esos muchachos, quienes habían mostrado tan magníficos argumentos en la asamblea, habían arrojado en un santiamén sus testimonios por la borda. Y me hice, a la sazón, varias preguntas: ¿habrá sido sin darse cuenta? ¿Será por inocencia? ¿Olvidaron lo que hablaron unos minutos antes?

Me di alivio esbozando las respuestas menos amargas. Sin embargo, pensé en algo que, aunque duela, no debe ocultarse: no era la primera reunión rica en palabras, espléndida en discursos, que luego se desinfla por las acciones inmediatas de algunos de sus participantes.

Y no es que dude del aporte, la consagración o el sacrificio de personas como las que intervinieron en ese o en otras reuniones celebradas entre paredes o al aire libre. Simplemente creo que, al margen de lo narrado, nos falta, como colectividad nacional, mucho más civismo, a pesar de todo lo logrado durante estos años de nuestro proyecto social.

Se puede ser un patriota convencido hasta los tuétanos o un trabajador con mil méritos laborales y, a la vez, una persona con varios cráteres en la formación ciudadana, en los llevados y traídos valores universales, aquellos que son aplicables en cualquier sociedad.

No en balde Fidel, en su larga prédica revolucionaria, ha insistido en la necesidad de cultivarnos en la práctica de las mejores virtudes, porque cuando los principios son hondos en los seres humanos, vivan donde vivan, nacen actitudes elevadas. Tampoco en balde, en su concepto de Revolución de hace 15 años, señala aspectos que sobrepasan las doctrinas políticas.

En nuestra historia, de Varela a Martí, de Mella al Che Guevara, hay una insistencia en la salvación de los preceptos morales, pues una nación para llegar alto, necesita individuos que sin ser máquinas perfectas tengan integridad y conductas superiores.

¿Por qué Céspedes, el iniciador de nuestras gestas y Padre de la Patria, decía que él y sus herederos «no deben desear más que morir por la libertad de Cuba, y una herencia pobre de dinero, pero rica de virtudes cívicas»? ¿Por qué el Apóstol habló tanto sobre la «utilidad de la virtud»?

Claro, resulta un camino complejo. Educar a los individuos y adiestrarlos en el cultivo de la probidad —más allá de conducciones políticas— depende de tantos factores como estrellas pueden existir en el firmamento.

De cualquier manera, casi los distintos senderos pasan por el hogar, origen de todo, punto de partida para el bien o para el mal. En ese crisol, incontables veces mencionado, pero también subestimado, comienza a hornearse la vida. Y también pasan por la escuela, ánfora sagrada donde se moldean algunos rasgos de nuestra personalidad. A ella tendremos que voltearnos siempre, ponerle cada vez más ojos, más interés, más ganas..., para que crezcan los evangelios vivos de los que hace mucho nos habló José de la Luz y Caballero.

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