Sensatez sin corbata

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Frunció el entrecejo y se sintió ofendida. «Que me digan cómo tengo que vestirme en estos días de tanto calor es el colmo»...

Dio la espalda y se marchó, dejando atónitos a quienes muy cerca, en la puerta, intentábamos entender cómo alguien se presenta a realizar un trámite legal en una institución laboral con una saya de apenas tres dedos de largo debajo de los glúteos y una blusa con un escote excesivamente pronunciado.

Compartí la experiencia con colegas en otro momento del día, y ellos también me contaron vivencias similares ocurridas a la entrada de un hospital, de un teatro y de una escuela cuando hubo quien quiso entrar con chancletas, en shorts y usando camisetas, a pesar de los carteles que prohíben el acceso con esa indumentaria.

¿Será que el cartel debe apelar a la cordura de una forma más explícita? ¿El clima o la moda justifican que se pierda el sentido común? Las circunstancias determinan, en gran medida, nuestro atuendo: si no vamos a la playa con la misma ropa con  que iríamos al trabajo, ¿por qué querer hacerlo a la inversa?

No se trata de usar ropa de una marca específica, de una tela o diseño exótico, sino de comprender que nos respetamos a nosotros mismos y a los demás en la medida en que nuestra imagen se corresponde con el sitio donde estamos y el rol que desempeñamos.

¿Qué pensar de la señora de casi 50 años que, olvidando su edad y sus características físicas, viste piezas textiles muy ajustadas al cuerpo y mostrando parte de su abdomen? ¿Acaso no miramos mal al médico que lleva su bata blanca estrujada o que acude a su consulta un tanto desaliñado? ¿Nos merece una buena opinión quien va a su centro laboral con ropas transparentes o usando de manera incorrecta su uniforme?

Ir a un cine, al teatro, a una galería de arte o acudir a una cita fijada en un programa de radio o televisión no tiene por qué considerarse una ocasión sin importancia, privilegiando «la ropa ligera» a causa del calor. Tampoco soy de otro planeta, como me han acusado, y por ello no reclamo trajes que llevaban en otros tiempos en este mismo país tropical.

Abogo, más bien, porque se comprenda que aunque las épocas traen consigo tendencias, combinaciones de colores y accesorios, diseños novedosos y usos exclusivos de ciertas telas, las reglas básicas de la cultura del vestir no pasan de moda, y fíjese que no hablo del buen gusto, y sí de la cultura, para no caer en el terreno de las subjetividades individuales.

Respetar esas reglas implica que no deseemos aparentar menos edad de la que tenemos si nuestra figura lo contradice, como resultado de ese afán del mercado de potenciar la imagen juvenil. Comportarnos de acuerdo con esas normas elementales exige que elijamos la indumentaria de cada día en función de las actividades que realizaremos y del lugar al que iremos.

No apruebo de manera absoluta el refrán que sentencia que las apariencias engañan, porque en casos como estos siempre se agolpan los pensamientos en mi cabeza. La ilógica de un actuar ajeno me convida, en no pocas ocasiones, a tejer un criterio que, en el mejor de los casos, pudiera desmoronarse después si lograra encontrar en esa persona otros valores éticos que me hicieran olvidar su «cierta desfachatez» en determinadas circunstancias.

No ignoremos nuestras preferencias individuales en materia de moda, pero no olvidemos combinarlas con el ropaje de la sensatez que, sin necesidad de usar corbata,  nos hará lucir bien siempre.

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