Una misa cubana fue el mundo este domingo

Autor:

Enrique Milanés León

Entre muchos que llenaron de emoción esta mañana, un momento y una frase: la comunión con los hermanos, cuando todos se dieron la mano abiertos al mayor afecto, y la idea de Francisco, al comentar la Palabra de Dios, de que «quien no vive para servir, no sirve para vivir». Ese par de pasajes, por sí solos, valdrían el elogio general que enseguida ha ganado a escala planetaria la Santa Misa oficiada este domingo en la Plaza de la Revolución.

En espíritu y liturgia, La Habana estuvo conectada con todos los cristianos católicos del mundo, que escucharon al Papa una honda reflexión, inspirada en el Evangelio, sobre quién (y qué) es lo más importante. En respuesta a la pregunta, Francisco invitó a compartir la lógica del amor de Jesús al señalar que, «quien quiera ser grande, que sirva a los demás; no que se sirva» y llamó a cuidar a los frágiles de la sociedad. «Estamos llamados a cuidarnos los unos a los otros, por amor», dijo.

Con su hondura característica, que le llevó a recordar que debe privilegiarse el servicio a las personas, el Papa, que bendijo al pueblo de Cuba, recordó que la importancia de una persona reside en cómo auxilia la fragilidad de los hermanos y afirmó que los hijos de esta Isla, que gustan de la fiesta, la amistad y las cosas bellas, que caminan cantan y alaban, tienen heridas, pero saben estar con los brazos abiertos y marchan con esperanza porque su vocación, sembrada por sus próceres, es de grandeza. «Los invito a que cuiden esa vocación», convocó.

Como debe ser, la mayor parte de las agencias de prensa y corresponsales que en cifra de miles reportaron el hecho, iniciaron sus despachos con la presencia en la Plaza, con su particular fe de mejoramiento, del Presidente cubano; con el saludo del Papa a Cristina Fernández y a otras personalidades del mundo; con el llamado del jefe del Vaticano a que triunfe al fin la paz en «la querida tierra de Colombia»; con el agradecimiento renovado de nuestro cardenal Jaime Ortega Alamino al aporte de Francisco para el acercamiento con Estados Unidos… pero el comentario a la Palabra y el enlace profundo de esas manos multicolores, multicreyentes, integran la «misa personal» que lleva a casa este cronista.

Son múltiples, en Cuba, las creencias; y no falta tampoco alguna descreencia, pero hay una religión común en todos los cubanos: el amor, esa que se enseñoreó este domingo 20 de septiembre en la Plaza desde la cual José Martí presenció otro paso a la concordia de su pueblo.

Quienquiera que escuchó a Francisco decir «nuestra Isla», entendió de a por todas que esta misa fue en espíritu fiel a 11 millones. El Papa fue hoy cubano, un cubano transido de Evangelio. Antes de que él dijera el suyo, pudo verse el mensaje de acogida de la gente: peregrinos de aquí y allá, en la andadura larga de la patria.

Esperanzado él mismo, el Sumo Pontífice avivó incontables esperanzas. Besó en los niños el futuro de Cuba. Sembró nuevos alientos con su saludo a los enfermos. Y junto a la Pureza del Misterio nos fue dejando, también, más puras las certezas.

Junto a la imagen de la Virgen, Francisco nutrió de un soplo los espíritus y, cuando muy probablemente más de uno quiso elevarlo del entrañable suelo de la Plaza, nos recordó quién es con su lección modesta: «Por favor, les pido que no se olviden de rezar por mí». Recemos por el Papa.

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