La sonrisa que no se apaga

Autor:

Yuniel Labacena Romero

Era el último día del mes de septiembre de 1930. El escenario político está altamente cargado y a menudo se torna violento. La Habana amanece respirando una atmósfera de tragedia. Una manifestación, demostrativa del sentir de los jóvenes cubanos, ha sido organizada por el Directorio Estudiantil Universitario (DEU).

Estudiantes de la carrera de Derecho acuerdan inicialmente rendir tributo, en acto público, a Enrique José Varona, por el aniversario 50 de su primera lección de filosofía y su actitud contra el Gobierno. La iniciativa es aplaudida por otro grupo muy numeroso.

El Gobierno, conocedor de la agitación, decide aplazar el comienzo de las clases hasta después de las elecciones parciales de noviembre; sin embargo, los alumnos lanzan una nueva consigna para organizar un movimiento que sacuda el ambiente nacional: «Al parque Alfaro».

La señal corre como un relámpago y se reúnen en ese sitio, a escasos metros de la Universidad de La Habana. Al sonido del clarín, ondeando nuestra enseña nacional, un centenar de universitarios, junto a obreros, profesionales y gente de pueblo parten hacia el Palacio Presidencial a exigir la renuncia del presidente de la República, Gerardo Machado. No tienen más armas que el coraje y la rebeldía. Todos gritan ¡Muera Machado!, ¡Abajo la tiranía! y otras consignas contra el régimen imperante en Cuba.

El clamor de la vanguardia universitaria frente al dictador llena las calles. La policía está alerta, ha tomado los alrededores del mayor centro docente y, en la calle San Lázaro, a caballo arremete contra ellos. Un líder del DEU se sube a un camión parqueado y arenga a los manifestantes: «La dignidad nos ordena marchar adelante».

Desde un edificio en construcción unos jóvenes descargan sobre los uniformados ladrillos y otros materiales. Un veterano mambí, solidario con el estudiantado, marcha en la delantera y con una corneta da órdenes. Los educandos atacan a piedras y se enredan a los puños con los esbirros. Un duelo desigual se produce entre los soldados enemigos y quienes defienden a puñetazos el avance de su marcha.

El joven Rafael Trejo González, estudiante de tercer año de Derecho y vicepresidente de la FEU en la Facultad de esa especialidad, es uno de ellos. Se bate cuerpo a cuerpo con un policía. Se escucha una descarga cerrada. Trata de arrebatarle el revólver al contrario, pero este, armado como estaba, lo hiere mortalmente.

Antonio Baldaquín, otro compañero universitario, acude en su ayuda e intenta en vano quitarle la pistola al policía. Más allá, Pablo de la Torriente Brau cae inconsciente de un golpetazo en la cabeza, e Isidro Figueroa, dirigente obrero, es herido de bala en un hombro.

Trejo es conducido al antiguo Hospital de Emergencias. En la Sala de Urgencias, en camas contiguas, reposa junto a Torriente Brau, quien vomita continuamente, aún bajo los efectos del shock y tras las primeras curas. El otro parece sereno, pero está muriendo. Es operado con apremio. Su compañero Ángel López Sosa le dona la sangre.

«Este puede salvarse», dicen los médicos, y señalan adonde está Brau. «A ese otro muchacho sí no hay quien lo salve», opinan cuando se refieren a Trejo. Pocas horas después, el 1ro. de octubre, fallecía a las 9:30 de la mañana, tal como había deseado vivir: «al servicio de la justicia, siendo útil a Cuba».

Se convertía en el primer mártir de la Federación Estudiantil Universitaria en la lucha antimachadista. «Llevaba en su rostro la sonrisa de un hombre que tuvo la gloria de morir como un héroe», escribiría Raúl Roa, otro combatiente de aquella generación. Destellos repetidos mancharon de sangre aquella mañana del 30 de septiembre.

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