Mañana, sin falta - Opinión

Mañana, sin falta

Autor:

Osviel Castro Medel

El hombre llegó a casa ajena con diferentes tipos de destornilladores y cables. «Tráiganmelo», dijo, y de inmediato desarmó el ventilador, que había sido el móvil de su visita técnica.

«Se le fastidió esta pieza», dictaminó, mientras mostraba un pequeño objeto, que, según sus palabras, no aparecía ni en los centros espirituales. «Pero yo la tengo», aseguró.

«Mañana paso, sin falta», soltó con solemnidad y, como prueba de que al día siguiente llevaría la solución (bien costosa, por cierto), dejó el equipo fragmentado en pedazos, más dos o tres alambres suyos.

Lo cierto es que el «mañana» se convirtió en nunca-jamás. Y que al tercer mes de aquel juramento, cuando el dueño del ventilador lo vio por azar en plena calle, respondió que había tenido «problemas» y volvió con su «mañana, sin falta».

Resulta fácil adivinar cómo terminó la historia, que está deslizada aquí no como mera narración, sino como pie forzado para meditar sobre la informalidad, un mal que se ha incrustado en nuestro día a día con una fuerza telúrica.

Conocidos son los relatos sobre albañiles, plomeros, carpinteros, zapateros y practicantes de otros oficios que empeñaron su palabra, al estilo del técnico del ventilador, y terminaron arrojándola por un mañana eternamente roto.

Repasemos nuestra novela real y encontraremos otros equipos eléctricos, paredes, tuberías, mesas, etc. que quedaron esperando por personajes protagónicos que los atendieran.

Ni siquiera el apogeo del trabajo por cuenta propia, que en teoría debe generar una cultura de la búsqueda incesante de la clientela, ha salvado a muchos —que no a todos— de esa enfermedad tremenda.

Un lado avieso del asunto es que cuando alguien se ve ignorado, a la espera de algo necesario que nunca llega, suele sentir un estado de indefensión enorme, de desprotección. «No hay para dónde virarse», acostumbran a decir algunos.

Y cuando en cualquier sociedad un lunar se convierte en tendencia grupal o masiva sobrevienen agujeros, que la disminuyen y deslucen. Por eso, peor aun es que la informalidad parta de las instituciones, encargadas de generar bienestar en la ciudadanía.

Si en reunión pública se promete el mínimo arreglo de una calle convertida desde hace años en un criadero de mosquitos, y al final no se cumple, el malestar colectivo puede generar conductas de apatía. Si se afirma, en una empresa, que los trabajadores verán convertidas en realidades algunas demandas factibles y no sucede así, la motivación merma, el trabajo sufre quebrantos.

De todas maneras, la informalidad —venga de donde venga— daña, hiere... quema. Y si bien no existen fórmulas mágicas para curarla, tendremos, al menos, que condenarla verbalmente. Eso sí, que sea hoy y no «mañana, sin falta».

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