Laura no podía creer...

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Cuando a uno le nace la idea y comienza a darle vueltas en la mente la cuartilla en blanco, cualquiera desearía tener esa hambre ciega por la escritura que se le ha vuelto una necesidad a la afectuosa Teté, la emprendedora cincuentona de la novela cubana de turno que, dejando a un lado los comentarios y el qué dirán de una «viejuca escritora», hala todos los martes, jueves y sábado por su libreta y su lápiz y, como Pijirigua, acaba burlándose a la antigua de quienes ya no sabemos hilvanar un párrafo si no es a base de teclazos.

Con sus destellos narrativos contra todo pronóstico, Teté, medio clarividente, es la encargada del cierre en cada uno de los capítulos, al punto de que cuando muchas veces la vemos ponerse los espejuelos y arrimarse a la mesa, ya sabemos que le quedan segundos a ese «amor que no alcanza», entre tantos conflictos que lo merman. Es ahí cuando la  gente se pregunta entonces qué será lo que esta vez le pasará a Laura, el personaje enigmático cuyo nombre se repite una o dos veces por semana, como para que a nadie se le olvide, entre lo simpático y lo dudoso, quién va llevando paralelamente la trama.

Pero de Teté, verosimilitud y condiciones actorales aparte, resulta llamativo su optimismo a flor de piel, su intención de hacer llevaderas las responsabilidades de casa y su  manera de afrontar los desvelos de abuela, madre y esposa, sin desequilibrios ni descuidos, consciente de ser la típica mujer de poca letra que, contenta y humilde, ha descubierto cierto influjo creativo en el crepúsculo de la vida y, pese a sus compromisos hogareños, busca fórmulas para no renunciar a ello.

¿Hace bien Teté al preocuparse por escribir? ¿Acaso no le asiste el legítimo derecho de defender lo que desea? ¿Qué argumentos esgrimen algunos vecinos y conocidos para calificar como anticuada y extemporánea su decisión? ¿Dónde radica el principal dilema desde los patrones patriarcales de una familia a la que ahora le cuesta trabajo aceptar el camino que ella ansía transitar? ¿Existe edad o lugar  determinado para rechazar aquello que nos proporciona confort y satisfacción, y cuya realización depende del empeño que podamos poner nosotros mismos?

No son pocos los estereotipos y las miradas rígidas que rondan un tema como este. No son pocas las Teté que, ante la marca de ciertos convencionalismos, sienten coartadas sus voluntades y pasiones por romper el peso de cargas rutinarias, al probarse con algún interés diferente en el curso rectilíneo de sus vidas. No son pocos, además, los que, desde la distancia, abrazan el cuestionamiento, impulsados por una crítica social en franco irrespeto a la deliberación ajena.

Como Teté, y en edades más avanzadas que las de ella, hay muchas personas que, al apostar por emprendimientos diversos en busca de su propio bienestar, chocan con la presión de algunos miembros de su familia y tienen que enfrentar comentarios de nietos e hijos que intentan ridiculizar lo que ellos prevén hacer, como si no mereciera encomios la posibilidad de servirse a sí mismos con proyectos de vida renovadores, con iniciativas que aminoren el peso del almanaque y hagan más completos y felices los años altos.

Tiempo atrás conocí por azar a una pareja de abuelos que decidieron crear un club de casineros de la tercera edad. Y referían que habían aprendido a hacerles caso omiso a las observaciones de jóvenes y no tan jóvenes que los tildaban de «bufones», de «pasados de moda». En principio, tuvieron que superar la visión estrecha de los de casa, quienes no han estado de acuerdo nunca con el «atrevimiento» y la «extravagancia» de ellos. Contaron que se anunciaban para actuar en algún lugar del pueblo y eran la comidilla del rumor callejero: «Fulanita, ¿no vas a ir esta noche a ver a los viejos bailando?».  Hasta con ironía, en tono despectivo, llegaron a escuchar: «Oiga, estos “bebés” no son fáciles. Es verdad que no tener nada que hacer es cosa grande».

Es cierto que los estigmas se fijan con mayor intensidad en determinados escenarios de nuestra geografía social, y están más enraizados en zonas en las que no existe un acompañamiento certero a esas ideas que, a veces sin necesitar de muchos recursos, pudieran favorecer lo didáctico y lo recreativo, en consonancia con el disfrute pleno de todos y el sentirnos útiles y activos hasta el último día de nuestras vidas.

Pero en un país que envejece a paso acelerado, gravita sobre todos sus habitantes el desafío de ser cada vez más receptivos ante las diversas inquietudes de quienes ahora peinan canas, o de los que estaremos dentro de unos años en ese camino, por muy veinteañeros y treinteañeros que hoy nos consideremos. Y esa ruta, que ha de ser la de la plenitud y el bienestar, invita a una construcción colectiva en la que se integren todas las instituciones socializadoras, desde la familia como núcleo central, pasando por la escuela, los medios y la comunidad, con concepciones desprejuiciadas e inclusivas, que sumen y emancipen cada vez más al ser humano, que no constriñan, sino que habiliten y refundan las posibilidades y los modos de actuación de unos y otros, sin que se pauten límites forzados a nuestra realidad, ni se les pongan cotos a las aspiraciones de seguir iniciándonos siempre.

Esperemos entonces que Laura algún día pueda creer y hacer un poco más de lo que la pobre Teté le ha podido conferir, en medio de esa narrativa semiclandestina que tendrá seguramente algún viraje feliz, quién sabe si para los últimos capítulos, aun cuando nos hayan avisado desde el principio que, inexplicablemente, andamos cortos de amor.

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