La llama sigue encendida

Autor:

Susana Gómes Bugallo

«Hace cuatro años fundamos algo hermoso, ingenuo y rebelde», me despierta el texto de un SMS lejano. Y yo, que andaba debatiéndome aún entre escribir o no, entre sentir o no, entre recordar o no, decido que lo haré, que hay que rememorar el cuarto cumpleaños del Consejo de Jóvenes Plaza Martiana de la Sociedad Cultural José Martí (organización que llega a sus dos décadas el próximo 20 de octubre). Porque ese llamado desde lejos es la señal de que no hay conexión que pueda más que los afectos.

Y asumo esta apología festiva con la responsabilidad de que no quede en el olvido el aniversario de una iniciativa que tanto sacudió y debe seguir sacudiendo a la juventud cubana. También porque llevo ya tres años soplando las velitas de ese cake gigante que cada octubre reúne a cientos de jóvenes de cualquier lugar del país para celebrar las esencias mismas de la martianidad.

Si hablamos del don de conquistar sin remedio con las claves inequívocas de la amistad y las buenas acciones, hay que contar con Plaza Martiana. En una cotidianidad casi plagada de rutinas y prácticas a veces ajenas a la voluntad propia, este grupo de muchachas y muchachos ha sabido qué hacer para existir de un modo diferente.

La combinación exquisita que el Che señaló a la juventud, el encargo de ser alegre y profunda, es una de las claves de este grupo. A la cofradía de estas martianas y martianos ha llegado quien se ha sentido capaz de dejarse mover por el entusiasmo de los valores más universales. Más allá de gustos y profesiones, de talentos y capacidades, la regla de unidad es la más simple y verdadera: el amor por el otro y por hacer el bien.

Así se han construido cuatro intensos años de vivencias transformadoras, que dejaron el sello eterno de lo auténtico en las vidas de quienes han sido parte de Plaza Martiana. Desde cualquier espacio de Cuba y el mundo puede llegarnos un sentir sincero, la historia de alguien que una vez nos acompañó, o que está unido irremediablemente por tantas jornadas e ideas compartidas.

Porque en Plaza Martiana no existe lo tuyo, sino lo nuestro; no hay espacio para la individualidad, sino entramos todas y todos; no hay lugar para la tristeza de nadie si hay posibilidades de que la alegría sea colectiva. Y lo mejor: cada quien es responsable de poner todo lo bueno de sí con tal de mejorar la vida del prójimo y del país en el que vive. Para ello ha sido cada segundo de Plaza Martiana. Y debe seguir siendo.

La idea de sumar es la esencia que todo lo mueve. Esa es otra de las magias de Plaza. La certeza de saber que cualquiera tiene un sitio y puede hacer suya la idea y mejorarla y hacerla posible a su modo. Recorridos por toda Cuba, las emblemáticas caminatas por la ruta de las cien ceibas, las acampadas en cuanto rincón histórico se haya creado, los desafíos a la inercia y al aburrimiento, la receta exacta para crecer aprendiendo y disfrutando, el equilibrio entre concepto y sentimiento, el don de la intensidad de la nobleza que describió el Apóstol… Todo eso va a la cuenta de estos cuatro añitos.

Con la mochila al hombro, con el apoyo amoroso de cualquiera que ha querido unirse, con la fuerza y el deseo como herramientas insuperables de avanzar y crear, con la intención expresa de desafiar cualquier convencionalismo de los que enfrían y apagan… así se ha andado, con la meta de mantener siempre viva la llama de la conquista constante, aquella llama del cementerio de Santa Ifigenia que  Plaza Martiana volvió un símbolo andante.   Ya son cuatro años de historias de todos los colores. Y la llama sigue encendida…

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