Cautivar el alma con tinta fresca

Autor:

Rogelio Polanco Fuentes*

Cuando mi padre me llevó a conocer la imprenta, no imaginé que causaría tanta fascinación en mí la letra impresa. Entonces, los linotipos, las guillotinas y las montañas de papel no eran más que obstáculos infranqueables en mis carreras felices por los pasillos de su centro laboral.

Pero si algo quedó para siempre en mi memoria afectiva, fue el olor a tinta fresca. Años después sentí esa misma seducción al esperar con ansiedad el periódico Ahora, de mi natal Holguín, para leer las primeras notas como corresponsal. O cuando atravesaba la ciudad de un lado a otro para compartir los ejemplares del semanario Pionero con mis compañeros de escuela.

Quiso el azar que un día me viera ante la redacción de Juventud Rebelde, con el susto de la intrepidez y la sorpresa compasiva de mis nuevos colegas. Me integré a la pasión creadora de un colectivo con espíritu macondiano en una época no menos épica.

Supe de la tiranía del cierre y del espacio, de las jornadas interminables para parir una idea, de los debates intensos para diseñar una edición, de la lealtad del más humilde de los lectores, del dolor infinito ante una errata o un error, incluidos los gazapos encontrados por mi pequeño hijo Camilo, que pasaron inadvertidos para redactores, correctores y editores.

Aprendí mucho de la tradición fundacional de JR, de sus profesionales maduros y de sus nuevos periodistas. Compartí la consagración sin límites y el compromiso excepcional. Sufrí las limitaciones materiales, pero disfruté cuando el talento coronaba la obra y era desterrada la mediocridad.

Hoy, desde la lejanía física —que no emotiva—, sigo leyendo sus páginas con la misma enfermiza fruición del editor y la cercana complicidad del condiscípulo. Mucho tiene el diplomático de periodista, y viceversa. Desentrañar realidades, traducir verdades, defender ideas, enlazar contextos, tender puentes, son labores que el profesional de las relaciones internacionales comparte con el reportero.

Por estos días caraqueños, me encontré con periodistas y comunicadores venezolanos, solidarios con nuestra causa, enfrentados a la guerra mediática contra la Revolución Bolivariana y, al sentirme entre colegas, no pude menos que rememorar el patrimonio heroico del periodismo cubano y de JR.

A medio siglo de aquella eclosión, amasada por la visión genial de Fidel, el Diario de la Juventud Cubana tiene hoy el reto de mantener el halo de su alumbramiento a la altura de los inmensos retos de Cuba y el mundo.

Un pueblo más preparado, una sociedad que se transforma, unos cambios tecnológicos crecientes, una Revolución que se actualiza y viejas asechanzas recicladas demandan una prensa nueva. Proclamarlo y hacerlo es imperativo inaplazable para que el hechizo de la tinta fresca de Juventud Rebelde siga cautivando el alma de una nación con su audaz lozanía.

*Ex director, hoy Embajador de Cuba en Venezuela.

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