Anecdotario de un corresponsal

Autor:

Nelson García Santos

El Movimiento de Corresponsales Voluntarios de JR, allá por los finales de la década de los 60 y principios de los 70, me abrió las puertas del periodismo, como a otros colegas, en una época en que quedarse fuera de la noticia del día o dejar que se esfumara la buena, podía significar algo así como el fin de los sueños.

En la Escuela de Corresponsales de este diario, un grupo de prestigiosos periodistas le concedían capital importancia a la agudeza, esa que brinda la oportunidad de descubrir temas originales a partir de esos matices escurridizos y, en especial, estar muy apegado al palpitar de la calle.

Llegué siendo un veinteañero, con desmesurados deseos de aprender los secretos de un arte que excita sin piedad. Eran aquellos tiempos sin Internet, en los que no existía la posibilidad de rastrear escritos. Sin auxilio de una grabadora, había que tomar nota y armar las versiones de lo ocurrido a toda velocidad contra el horario de cierre del periódico.

En nuestro caso, el carácter vespertino del diario para la capital presionaba aun más al reportero. Había que ir escribiendo la información a lápiz  durante el traslado de un sitio a otro y, luego buscar a toda carrera un teléfono para transmitir la noticia a la capital. Pero el descanso no llegaba ahí. Después había que ampliar la información para la edición que circulaba en el interior del país.

¡Cómo olvidar mi primer intento de crónica! Fue en ocasión de un eclipse parcial de sol. A los jóvenes que estábamos en el curso nos orientaron hacer trabajos sobre ese suceso, con la motivación de que los mejores se publicarían. Tuve la suerte  de que el prestigioso fotógrafo Ángel Baldrich me sugirió entrevistar al Caballero de París, el famoso personaje que solo había visto en fotos. Y luego del burujón de enmiendas, vio la luz el texto.

Cómo olvidar el escrito titulado Solo los perros tenían vida, sobre uno de los secuestros de los pescadores de Caibarién. Escuché en una cafetería que «fulano llegó hace un rato de la zona de pesca y dice que no encontró a nadie en la embarcación agredida, solo unos perros». Tras la breve averiguación de su nombre y dirección, llegué a su casa. Allí me contó los detalles de dónde y cómo encontró el barco, del estado en que estaba. Esta historia fue una primicia de primera plana.

Durante un tiempo tuve que revisar, para mi también entrañable periódico Vanguardia, las noticias que enviaban desde todos los rincones del territorio aquel ejército de informadores con amplísimo sentido de lo que era noticia.

En la lectura de aquellos telegramas, el medio para enviar sus despachos, uno encontraba historias como la de una yegua, que bajo los efectos de un fuerte dolor de estómago, tumbó la puerta de una casa y pateó a sus moradores. O aquel escrito sobre lo bien atendido que estaba un cementerio, lo cual motivó al reportero a enfatizar: «Cuando uno llega allí uno siente deseos de quedarse para siempre».

Ser corresponsal entraña una gran responsabilidad, pues él solo debe asumir la cobertura de temas económicos, culturales, históricos, deportivos... Además, debe establecer una vinculación estrecha con las fuentes, una tarea proverbial, para sacarlas más allá de los datos sobre este u otro acto. Esta relación, imprescindible, se puede afianzar con materiales de interés que ayudan, sobremanera, a abrir los candados.

Pero lo peor que le puede pasar a un corresponsal es enviar siempre la noticia después que otro la publicó en la prensa de la provincia. Si vas sobre lo ya trillado, estás obligado a decir algo nuevo que sorprenda, incluso, al primero que informó sobre el tema, que se sienta hasta incómodo, pues él no se percató de ese detalle trascendente que tú sí viste.

Ahora, al mirar atrás, en ineludible vuelta de hoja, siento el gran regocijo por aquel inolvidable día en que traspasé la puerta de JR para siempre.

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