Mi Juventud Rebelde

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Me ha rogado que salude los 50 años de JR Ricardo Ronquillo, un clarividente incansable que prestigia a este diario con su irreductible sueño de un periódico mejor y más comprometido con Cuba, desde la cercanía al ciudadano.

Me pide que hable sobre mi Juventud Rebelde, el que me he fabricado desde que llegué a esta redacción, gracias a su entonces director, Jacinto Granda, una borrascosa mañana de octubre de 1986. El periódico que habito, con alegrías y tristezas, con certezas e inconformidades. Con sentido de pertenencia y objetividad distanciada. Con amor y desamor.

No voy a empapar de alabanzas mi compromiso con JR, en donde, según todo indica, voy a dejar mis últimos planteos y palabras, cuando me vaya de la profesión o de la vida. No rasgaré mis vestiduras ni desdeciré de quien me acogió con los brazos abiertos y tanto me ha dado y soportado.

Esa mañana de 1986 que pacté con Juventud Rebelde, entre olores a plomo de linotipos, el insustituible impulsor de aquella nerviosa redacción, Ricardo Sáenz, el Gallego, presagiaba sin saber mi destino en el periódico.

El más periodista de los periodistas me encomendó conversar con unas personas que fueron al diario a denunciar el dramático desenlace de un remolcador, que las aguas iban cubriendo sin rescate alguno desde el día anterior, a los ojos de todos, incluidas las autoridades del puerto de La Habana.

Con su cigarrito admonitorio, el Gallego me envió al rescate de esa información, junto al fotorreportero Luis M. Batista. Y horas después, aparecía el hundimiento de la responsabilidad y el respeto en la primera plana de aquella solitaria edición que atardecía en la capital.

Ese fue mi estreno, con «muraleja positiva», una suerte de premio moral visible en el mural, que el Consejo de Redacción otorgaba en cada edición a los mejores trabajos de sus periodistas, con fundamentación del lauro y todo.

Desde entonces, en JR he gozado y he sufrido, con todos los motivos y géneros periodísticos. En los grandes salones y los rincones  solitarios y humildes del país, tomándole el pulso a la realidad con estos ojos míos, sin pedir tanto permiso. Enviado especial por algunos rincones del mundo muchos años atrás, y «quedado especial» con el tiempo. Disciplinado hacedor de trabajos por encargo, que también se negaba a secundar tesis que no compartía, aunque vinieran de arriba, y a escribir de lo que no estaba convencido.

Reconozco que las sucesivas direcciones de Juventud Rebelde, desde Jacinto hasta Marina, me han respetado profesionalmente y han permitido que escriba con voz propia muchas veces, como que también me han censurado de tajo en otras, y hasta me han mutilado parcialmente en palabras muy elocuentes. A tiempo también comprendí que hay que hacerse respetar, en la escritura y en la vida, para que lo respeten a uno. Ni más ni menos en esta redacción siempre se han debatido y dirimido los dilemas y problemas de la prensa cubana, sus logros y cortedades, sus altos vuelos y alas mutiladas.

En Juventud Rebelde he hecho y he perdido amigos. He aprendido del talento ajeno y de los chascos. He recibido lecciones de humanidad, y de rencores y reservas, como en cualquier sitio. Pero han primado la natural convivencia y el desenfado, la sinceridad y la transparencia.

Aquí he escrito mis géneros preferidos, la crónica y el comentario. He aventurado juicios, me he buscado mil problemas por no ser complaciente y también he defendido con argumentos lo que se merece defender por principio, cuando uno define  de qué lado de la cerca hay que estar, sin concesiones.

Pero nada ha sido más apasionante que el Acuse de Recibo, esa expedición con la gente, esa devoción ciudadana de la cual no he podido ni podré zafarme, gracias a su gestor, aquel adelantado que se puso los pantalones ante las molestias de más de un funcionario «arañado» en su pintura: el entonces director de Juventud Rebelde Rogelio Polanco (se lo digo ahora que no está aquí, porque siempre he detestado la adulación).

Con sus luces y sombras, con sus arrestos y poquedades, con sus voces y silencios imperdonables, Juventud Rebelde ha marcado mi profesión y mi vida.

Tanto, que transito constantemente del berrinche a la alegría, de la decepción a la esperanza. Ya no estaré allí algún día, pero me conformo con que en el futuro, algún joven periodista se haga la misma pregunta termómetro, pregunta dilema, que este veterano: ¿Juventud, y Rebelde?

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