Nosotros incluidos

Autor:

Hugo Rius

Mirar los toros detrás de las barreras parece infundirnos, en su estricto sentido real, una sensación de protección y seguridad, y en su lectura metafórica suele constituirse en oportuno recurso subjetivo para escapar del ruedo, donde somos inevitables protagonistas.

Traigo esta reflexión a cuento porque la ONU reiteró recientemente la predicción de que, en diez años, casi 2 000 millones de personas vivirán en zonas con escasez de agua, luchando cada una por menos de mil metros cúbicos del líquido.

Semejante perspectiva trazada por expertos del organismo internacional, me obliga a evocar una hipótesis sustentada tres décadas atrás por Boutros Ghali, antes de ser elegido secretario general, de que entre los futuros conflictos surgirían guerras por el agua.

Quienes habitamos en este archipiélago tendemos a divisar la situación como algo ajeno y distante, y ciertamente por sentirnos blindados desde que en años tempranos de la Revolución, su líder Fidel inspiró y encauzó la preventiva voluntad hidráulica, y el Estado nunca cesó de darle la debida continuidad, hasta los proyectos de trasvases de los últimos tiempos, con los que hoy enfrentamos sequías.

Pero ante el problema ya mundial de la escasez de agua potable, ni se puede permanecer ajeno, ni ponerse de perfil frente a lo que aparentemente no nos concierne, si por el contrario estamos incluidos. Mucho menos cuando toda la humanidad experimenta los impactos del cambio climático y sus fenómenos asociados como El Niño, con severas y recurrentes sequías, irregulares regímenes de lluvias y más desastres naturales.

Países con enormes recursos financieros, entre ellos los desérticos y petroleros de la Península arábiga y el golfo Pérsico, avanzan en investigaciones e invierten en la desalinización de las aguas del mar como una vía de asegurarse el vital elemento.

Sin embargo, ya grupos de autorizados ecologistas advierten de otros desafíos colaterales, como qué hacer con la sal sobrante y si al recircularla en el mar, este se tornará cada vez más salado, abriendo un círculo vicioso, con negativos efectos ambientales.

En cualquier caso, la desalinización es prohibitiva para los países pobres, de los  que el nuestro forma parte, y la única alternativa es mantener firmemente la voluntad hidráulica, junto al fomento de una cultura ciudadana hídrica y de una conciencia de consumo racional.

Duele enterarse del surgimiento a hurtadillas o contumaz de derrochadoras piscinas privadas, la proliferación visible en la populosa capital de tanques de agua desbordados y otros salideros, en buena parte por insuficiente acceso a herrajes de plomería a causa de desabastecimientos y precios. Y encima de ello el libre albedrío de una desenfadada plaga de revendedores especuladores que se la ponen cada vez más difícil a los hogares de bajos ingresos.

A todos y cada uno nos concierne, en sus respectivas esferas de acción, cerrar las brechas dilapidadoras y tener siempre presente la predicción de Naciones Unidas como un aviso sensibilizador que nos llama a prever. Todos nosotros estamos incluidos.

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