Yo peleé en Angola

Autor:

Yosley Carrero

Se habían conocido una tarde en el Malecón, exactamente seis meses y dos semanas antes de que el barco mercante Jigüe se hiciera a la mar. Antonio y Sonia se enfrentaron ese día al primer abrazo de despedida en sus vidas. No era para siempre, pero en ese instante cualquier certeza sobre el futuro era improbable.

Antonio apenas había cumplido 20. Era un muchacho «de calle», nacido en el barrio de Párraga, curtido en la afición por el boxeo y con aspiraciones de convertirse en ingeniero eléctrico. Sonia tenía 19 años. Había alcanzado su título de técnica de nivel medio en Química y era la mayor de las hijas de una familia que creció entre un modesto cuarto de Mantilla, en la periferia habanera, y un edificio de microbrigadas construido por el Gobierno en la zona de Altahabana.

Él se fue a Angola como parte de los miles de combatientes cubanos que ayudaron a los pueblos africanos en su lucha de liberación. Corría octubre de 1980. Cuando partió solo cargaba con su uniforme de camuflaje, la mochila de campaña y un resguardo religioso otorgado por su padre, un viejo  babalawo de La Habana, quien durante más de dos años miró al cielo como buscando noticias del regreso en cada aeroplano que avistaba desde el portal de su casa.

La Operación Carlota, nombre con el que se conociera la misión militar de Cuba en Angola, había comenzado en noviembre de 1975, con el envío de un primer contingente de soldados. La lucha era contra el FNLA y la Unita, fuerzas regulares sudafricanas y zairenses, y mercenarios que, apoyados por potencias occidentales, intentaban impedir la verdadera independencia del país.

Fueron 18 los días de navegación desde La Habana hasta Luanda. Otra vez el mar lo unía y lo separaba todo. Antonio se convirtió en primer explorador del Regimiento Centro de Angola, desplegado en Cuansa Sur, en la región de Kibala. Luego se trasladaría a la zona de Kaala, en Huambo. Allí aprendió que un paso en falso puede detonar una mina, y que un minuto fuera de la trinchera, en ocasiones, puede resultar mortal. En una guerra nunca se sabe cuál es el último combate.

En medio de la selva, resguardándose de la bala enemiga, y de los ataques de cobras o hienas, muchas veces transportó su imaginación muy lejos, siguiendo los caminos del humo de un tabaco. Sentados sobre una piedra, hombres vestidos de camuflaje, procedentes de diferentes regiones de Cuba, hablaban de sus hijos o de sus madres o encontraban un espacio para reír o cantar.

Antonio sintió miedo más de una vez. También en más de una ocasión lo despertó el temor de ser blanco de una ráfaga de las fuerzas contrarias, de no reconocer la silueta de quien se mueve entre las sombras de la noche, de no vivir para contarlo, de no estar más. Pero son al final estas mismas circunstancias las que en una guerra obligan a los hombres a tener los co-razones bien puestos.

Para Sonia cada carta fechada desde el frente de combate, más que una prueba de amor o cariño, era una confirmación de vida. En los relatos él le hablaba de lo agreste de la naturaleza, de los paisajes que descubría a su paso, del modo de nombrar las nuevas cosas que iba conociendo.

Antonio quiso preservarla del drama del día a día y decidió escribirle sobre sus sueños, los hijos por venir y el encuentro con ella, una mujer determinada a vencer las flaquezas del espíritu y el cuerpo.

Ella había decidido llenar su cama vacía con la soledad. Se propuso analizar entrelíneas los titulares de prensa y las imágenes de televisión. La de ella no era la espera agónica de una madre. Era, pudiéramos decir, una espera opcional o por convicción. Una mujer enamorada es capaz de hacer cualquier cosa.

Antonio recuerda la mañana cuando quedó inconcluso el pelado del «socio» a quien le estaba cortando el cabello en el campamento. Sonó de inmediato la alarma de combate, y horas más tarde el amigo regresaría como cadáver. de una guerra no siempre se vuelve con vida. Volvieron sus medallas y restos fúnebres, a los que hoy se les rinde tributo en los Panteones a los Caídos.

Antonio regresaría a casa en 1982, en un IL-62 de Cubana de Aviación. De Angola retornó con la misión del deber cumplido, el recuerdo honroso de sus hermanos caídos, y la gratitud de miles de almas, por defender una causa y una idea en nombre de un proyecto social con alta vocación internacionalista. Poco después se casaría con Sonia, vendrían los hijos y la vida continuaría.

Por los más insospechados sitios de la geografía nacional caminan miles de héroes que pelearon en Angola: gente cuyos nombres, en ocasiones, no aparecen en los libros de historia o en los videos de la televisión. Los combatientes de Angola comparten una experiencia común que en la memoria de millones de cubanos y cubanas se resiste a ser pasado.

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