Agradecimientos ingratos

Autor:

Javier Rodríguez

Ernesto es un joven con una formación militar desde sus estudios en los Camilitos. En esa institución académica y en las siguientes que cursó siempre le enseñaron el valor de los modales, la disciplina estricta y la cortesía para con sus compañeros y la sociedad en general. Esas virtudes son inherentes en él, las estima y las pone en práctica constantemente. Pero sucede que a veces sus buenas acciones no tienen como premio la respuesta esperada, que dictan las normas más elementales de reconocimiento.

Los ómnibus urbanos se han convertido para él en espacios proclives al desagradecimiento y el absurdo. En una ocasión estaba sentado y se percató de que al lado suyo había una señora quincuagenaria de pie, por lo que ipso facto intentó cederle el asiento. Digo intentó porque ante su comportamiento caballeroso, la desconocida le soltó a quemarropa: «Y a ti qué te pasa ¿Tú me has visto cara de vieja?, falta de respeto». No aceptó, y el joven se quedó petrificado por tamaña humillación y, sobre todo, por la inexplicable actitud de ella.

Días más tarde gozaba también de la suerte de ocupar un asiento en un P12 rumbo a Santiago de las Vegas cuando divisó a varios metros la figura escultural de una chica. Se tomó la tarea de llamarla y ofrecerle su puesto.

Ella aceptó el gesto de buena gana, pero al cabo de dos minutos, por arte de magia, apareció su novio y la cargó, todo eso frente al sorprendido rostro de Ernesto, en franca violación de las reglas que se imponen en las guaguas de no más de una persona por asiento, lo que dejó un sabor de burla al joven. La pareja llegó a su destino y le brindó la comodidad a otro ciudadano, para agravar más la situación.

Pero la escena más impactante fue la vivida hace casi un mes. Al arribar a la parada que tenía como objetivo, ayudó a una embarazada a descender del ómnibus y de pronto se vio envuelto en una realidad incómoda. Delante de numerosas personas, el esposo de la gestante arremetió contra él profiriendo una sarta de improperios: «Oye loco, tú no ves que ella no anda sola, no te cojas más pa’eso», fue lo menos agresivo que expresó el maleducado.

Con una dosis grande de paciencia, Ernesto optó por hacer caso omiso a tantas ofensas y se retiró. De lo contrario, hubiese ocurrido un problema de mayores dimensiones. Ese fue el precio pagado solo por ser cortés, por utilizar la educación adquirida en los centros educacionales.

Esos son apenas tres ejemplos de conductas inapropiadas a bordo de los ómnibus. Sin embargo, el síndrome de los desagradecidos se propaga y abarca a una parte considerable de nuestra realidad, mientras todavía sigue en boca de muchos y como válvula de escape ante lo mal hecho, el cliché de que la juventud está perdida.

No, la juventud no está extraviada, la que sí iría por el camino equivocado es nuestra sociedad, si no fuera capaz de distinguir comportamientos apropiados de conductas erradas. Sobre todo si las buenas acciones, tan necesarias y escasas en muchas ocasiones, son torcidas y tergiversadas al punto de ser vistas como una injuria. ¡Qué absurdo!

Resulta en extremo complejo de asimilar para una persona que realice un gesto voluntario en pos del bien común, obtener a cambio una moneda con la imagen signada de la ingratitud. Es molesto lanzar flores y recibir piedras. Da vergüenza este tipo de situaciones, que contradicen los valores promovidos por nuestra Revolución durante más de cinco décadas.

Sin embargo, Ernesto continúa con sus modales manifiestos. Sediento de ser gentil y ayudar al prójimo, tanto en las guaguas como en cualquier otro sitio. Solo que antes de dar el asiento, su espontaneidad no es la misma de antes; primero piensa y después actúa.

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