Fui de fiesta a un entierro

Autor:

Yoerky Sánchez Cuéllar

Hace exactamente diez años. Aunque había recibido unas cuantas estocadas, se resistía a morir. Agonizante, casi pataleando, esperaba por la medicina que desde los laboratorios ideológicos de Estados Unidos, recetaban no pocos analistas. El proyecto del ALCA, siglas de la llamada Área de Libre Comercio para las Américas, solo pedía llegar con vida al 1ro. de enero de 2006. Era la fecha de la resurrección, el momento en que saldría de la cama, se pondría los botines y comenzaría a caminar...

¿Hubieran soportado los países de América Latina y el Caribe ese paso arrollador? «El pueblo que compra, manda, el pueblo que vende, sirve; hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad», había escrito José Martí un siglo antes. Y ahora se intentaba engullir a las economías latinoamericanas con un proyecto de dominación colonial, parecido al que el Apóstol se había opuesto cuando la Conferencia Monetaria Internacional de Washington, en 1891. La esencia era la misma: el beneficio de unos pocos en detrimento de las mayorías.

Fue aquella una tarde fría de noviembre en Mar del Plata. Treinta y cuatro países ubicados al sur del Río Bravo —excepto Cuba, que estaba excluida de las Cumbres de las Américas—, debían decidir ante la presencia del mandatario estadounidense George W. Bush, si dejaban con respiración artificial al ALCA o desconectaban sus aparatos.

Horas antes, el vituperado Presidente norteamericano, acostumbrado a «situaciones de emergencia», había llegado hasta la ciudad argentina en un aparatoso despliegue de tropas y seguridad, para convencer a todos de la necesidad de salvar la propuesta, cuyos objetivos eran liberalizar el comercio, aumentar las inversiones y la competencia, eliminar las restricciones al libre flujo de mercancías y al movimiento de capitales, según la parafernalia lingüística de sus principales defensores.

Como ocurre con los sitios en cuarentena, el lugar donde sesionó la Cumbre quedó totalmente aislado del resto de la ciudad. Instalaron vallas metálicas de más de dos metros en 250 manzanas, para que ningún «piquetero intruso» se apareciera por allí, y los representantes de los países, con sus modernos trajes y corbatas, pudieran caminar por las avenidas cercanas sin ningún temor.

Finalmente no hubo consenso sobre el futuro del ALCA, que recibió los azotes de líderes progresistas del continente. Néstor Kirchner por Argentina, Lula da Silva por Brasil, Tabaré Vázquez por Uruguay y el Comandante Hugo Chávez en nombre de Venezuela, consideraron que no estaban dadas las condiciones para seguir apostando por la vitalidad del proyecto en los términos propuestos.

El puntillazo definitivo ocurrió en el estadio. Cantaron Silvio, Vicente y Amaury. Y llegó Evo, aún sin ser presidente. Más allá sobresalían el futbolista Diego Armando  Maradona, Hebbe de Bonafini, presidenta de las Madres de la Plaza de Mayo, y el escritor Miguel Bonasso. Yo estaba allí, junto con otros cubanos que asistimos a la Cumbre de los Pueblos. Y ahora recuerdo cuando Chávez, a solo unos metros de mi asiento, declaró la muerte del ALCA y nos invitó a todos a cavar la tumba. Por vez primera, y tal vez única, un entierro terminaba para mí con aires de fiesta.

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