Cuando se olvidan los juguetes - Opinión

Cuando se olvidan los juguetes

Autor:

Yunet López Ricardo

Ya sus manitos no caben dentro de las mías, ni corre como un loco bajito por toda la casa sobre su velocípedo. Tampoco se ensimisma mirando los muñe de Pluto y la pelota pequeña que atormentaba mi oído chocando en las paredes ya a él se le olvidó.

Mi hermano ha crecido. Pasaron 16 años desde aquella mañana cuando lo conocí entre los brazos de abuela. La sábana azul solo me dejaba ver mucho pelo negro y unos ojitos como de quien ha dormido casi nueve meses. El niño al que mami protegería del frío de aquel diciembre era un regalo, como dicen mis padres, para que nunca en la vida me sienta sola.

Con siete abriles menos que yo, ya nuestras disputas no giran en torno a quién recoge el dominó que simuló castillos o casitas y yace regado por toda la sala. Ahora me molesto porque se pasa horas frente al espejo previendo que el peinado «a lo Cristiano Ronaldo» le quede perfecto, y él me reprocha que la computadora no es solo para mis escritos, sino también para jugar Need for Speed, o compartir con sus amigos los últimos videos de Laritza Bacallao, Pitbull o Gente de Zona.

Antes, mami lo vestía con unas camisas de mangas largas que lo hacían ver como un hombrecito recortado. Ahora, tiempo, moda y adolescencia se combinan, y aparece con jeans ajustados, zapatos de cordones sueltos y camiseta desenfadada.

El cuerpecito menudo que yo cargaba ya me saca más de diez centímetros de altura y cada tarde se entretiene con ejercicios físicos con los que aspira a conquistar miradas femeninas. Las bolas y los carritos quedaron a un lado; el teléfono suena y no me asombra escuchar la voz de una muchachita presumiblemente sonrojada del otro lado de la línea. Los primeros amores comienzan a llegar.

Rebelde a veces, absorto, presumido, de pañoleta roja a pantalón amarillo, hoy con camisa carmelita y tal vez mañana con bata de médico veterinario. El que caminaba sujetándome los dedos anda rumbo a la independencia, comienza a descubrirse, a definir su carácter y a mostrar un humor voluble que marca intereses. En ocasiones se hunde en comportamientos infantiles, luego sale a flote creyéndose todo un hombre; así transita el difícil camino entre niñez y juventud.

Ha perdido su cuerpo de infante y aún no deja de serlo completamente. Pretende mostrarse como adulto, pero todavía no lo es. Niño grande y hombre a medias que vive una etapa desafiante y caprichosa que le impone transformaciones físicas y psicológicas.

Lo miro conversar con sus amigos sobre las «conquistas» en la beca, la próxima fiesta o el globo que ya no solo se infla en el cumpleaños; ha cambiado, aunque para mí siga siendo el travieso que escondía mis zapatos en la lavadora o forcejeaba por el mando del televisor.

Desde 1998 ha llovido bastante, los meses corren a veces más rápido que las aspas de un molino en tarde de nubarrones. Mi hermano es un adolescente y aunque ya sus manitos no caben dentro de las mías, me alegra verlo crecer. En unos años, el velocípedo, Pluto y la pequeña pelota tal vez encuentren otro dueño muy parecido a él.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.