La razón oculta

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Sé bien que muchas veces peco por ingenua. También reconozco que otra buena parte del tiempo camino sin creer en lo que me dicen. Depende de los clichés mentales que me he creado para detectar extremistas de cualquier bando o charlatanes que andan queriendo imponer sus verdades.

Solo una exageración las tiene todas ganadas para no ocupar el mundo de mis dudas: la de la pasión. Porque ante quienes se desvelan u obsesionan por algo bueno que aman, casi diría que me da igual si se les va la mano un poco; lo que importa es cuanto sienten, cuanto hacen, cuanto dan, cuanto sacrifican. Si el caso es de esa naturaleza, pierdo cualquier vestigio de escrutinio y alerta. Me relajo tanto que agarro la bandera que la otra parte defiende y, aunque no sea la mía, lucho porque esa que alguien mucho quiere, ondee en paz y con respeto.

Les aclaro esto solo con la intención de que entiendan mejor por qué escribo lo que están leyendo. En mi pequeñísima vida de periodista, si algo he aprendido o adoptado como estrategia de trabajo es la de poner en duda lo que me dice quien está del otro lado de la mesa, si esa persona compromete en su respuesta algún tipo de comodidad o estatus. Cualquiera pudiera opinar que a veces hasta he sido demasiado sincera (aunque creo que debe haber pocos límites para la verdad), pero la mayoría de estas no tengo reparos en soltar lo que siento y opino delante de quien se lo merezca, y casi siempre se lo merece alguien; algunos porque deben saber que son buenos, otros, porque no quiero dejar de decirles que son menos buenos.

Alerto además como parte de este preámbulo (que casi se ha convertido en declaración de principios) que mi primera intención es ver la mejor cara de las personas. Tal vez se debe a esa máxima que defiendo de que continuamente vemos fuera lo que llevamos por dentro. Solo por eso prefiero no reparar en las pequeñas perdiciones, sino resaltar las mínimas cualidades. Tal vez sea más justo, según la verdad del Derecho, de que somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario.

Después de esta «historia del tabaco», como las que suele hacer mi mamá (¿será que me estoy pareciendo?), les cuento que estuve en Las Tunas. En unos cuantos escritos más se van a percatar de mi periplo, por las huellas que dejó en mí (como guajira despistada que anda descubriendo con asombro cualquier detalle del mundo que le rodea). Pero comienzo por esta primera confesión, aunque les juro que lo menos que imaginé fue escribir sobre este tema.

Por allá, como toca a la naturaleza humana en su manía de escrutar, anduve buscando razones ocultas en las personas con las que debía interactuar y en los conflictos que las mueven. Y, antes de cualquier explicación de mucho de lo que por esa geografía se hace, regalo mis primeras líneas a ese pedacito del funcionariado y a los delegados que dejaron una huella en mí. Porque ellos destruyeron cualquier prejuicio de los que llevo ante «lo oficial» (que muchas vecesparece frío y lejano), y me mostraron que se puede hacer mucho más aunque haya menos, y que no hay miedo a los desvelos ni explicación que no lleve sonrisa; además que cuando hay pasión y ganas de sacudirlo todo, se encuentran nuevas estrategias.

Entre quienes se encargan de reparar los sueños tuneros, están Magalis y Grisell, puertopadrenses de corazón y estampa que no creen en horarios ni tiempos de descanso; Noel, hombre bueno y entero que se hace querer por su nobleza y sinceridad; y Vitalina, Lili y Jaime, que saben llegar desde la agudeza y la entrega.

Mi reverencia igual para Adelkis, el delegado al que más tierno miran sus electores; y para Gretel, la joven que vino a sacudir su comunidad para adentro y para afuera, cuando con sus 26 años fue elegida representante de su comunidad. A Miguel, uno de los que más adora Puerto Padre y hasta por los poros pide que se escriba de este mágico sitio. Igualmente («a mi pesar») a Juan Carlos, el de los mimos más extremos, el papá de su niña, el esposo de su esposa, el compañero de aventuras, el que entendió mis sinceridades y confesiones, el que compartió conmigo cada debate, el que hizo todo aunque «no estuviera en sus manos», frase con la que bromea a cada rato.

A todos ellos y al resto de buena fe con los que no me pude topar, mi más sincera admiración y agradecimiento. Porque quizás por ellos un pueblo se mueve. Porque quizás por ellos la realidad no se resiste a cambiar, porque en ellos descubrí que no siempre está la tan sospechada razón oculta del supuesto acomodo, o el temor a perder «güiro, calabaza y miel», aun cuando cada quien tenga sus urgencias. En ellos vi que el sacrificio físico, el tiempo robado a la familia (vieja obsesión de cualquiera que se desvive por su profesión) y las horas interminables de escucha, explicación, pensamiento y gestión, solo tienen detrás la simple y profunda pasión del amor. Por muy irreal que parezca, por muy exagerado que luzca.

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