Humillados y ofendidos

Autor:

Graziella Pogolotti

No es fácil encontrar el camino de la verdad en la compleja telaraña contemporánea. Y, sin embargo, en un planeta empequeñecido, a todos nos concierne. Los atentados de París estremecieron al mundo. También a mí, no solo por haber nacido allí y por conservar vivencias de sus monumentos y sus olores, del aroma de las castañas asadas en el Luxemburgo; de aquel otro, más tóxico, que escapaba de los respiraderos del metro, sino porque Francia construyó a través del tiempo y de la cultura, un imaginario que anima la memoria de quienes no han pisado las calles de sus ciudades. La torre Eiffel encarna simbólicamente una historia que arrancó con la Toma de la Bastilla, pasó por el ’48 y la Comuna mientras se constituía en foco de las tendencias renovadoras en el arte y la literatura.

Otros recuerdos me acompañan. Allá por los ’50 del pasado siglo, al salir de la Sorbona, recorría el boulevard Saint Michel invadido por jóvenes llegados de todas partes. Había comenzado la guerra en Argelia y, de cuando en cuando, la policía cargaba brutalmente con quienes, por su biotipo, parecían árabes. En la redada caían también numerosos latinoamericanos. Pude tocar con la mano la violencia del colonialismo. El presidente Mendés-France tuvo la sabiduría política de firmar la paz con Vietnam. Más tarde, con visión de estratega, el general Charles de Gaulle, desafiando a los extremistas que lo llevaron al Gobierno, negoció la independencia de Argelia.

Ahora mismo, la solidaridad con Francia tiene un fundamento real porque el imaginario intangible adquiere la opacidad de lo concreto en la conciencia de los pueblos. Pero, cuidado, desde el primer momento, la manipulación mediática desató los fantasmas de la irracionalidad. Se escuchan formulaciones que evocan el medioevo como si los nuevos cruzados se dispusieran a una guerra santa. Recordamos entonces que el costo de una vida humana es impagable. Con cierta amargura no exenta de ironía, un amigo recordaba en estos días que el atroz sabotaje del avión de Barbados no estremeció al mundo. Ahí también había muchachos en la flor de la edad. Para solucionar los problemas, hay que profundizar en sus orígenes.

No soy politóloga y, mucho menos, experta en asuntos concernientes al Islam. Me limito, quizá por deformación intelectual, a seguir día a día la información pública y a plantearme, basada en el sentido común, preguntas elementales. El poderoso Estado Islámico brotó con una rapidez fulminante. Tiene amplias redes de reclutamiento y dispone de una logística de gran magnitud. El terrorista que actúa en Europa no requiere armas sofisticadas. Se vale de la sorpresa y de su disposición a inmolarse. En cambio, los combates que se libran en tierra emplean medios y recursos de alcance equiparables a los ejércitos nacionales. Habría que seguir la ruta del dinero y de las fuentes de abastecimiento.

Sería reduccionista, en cambio, considerar que los jóvenes enviados al sacrificio son simples mercenarios. La ideología que los sustenta, encarnada en fe religiosa, tiene raíces más profundas. Cargan sobre sus espaldas con el rencor acumulado por generaciones de humillados y ofendidos. En una dialéctica indetenible, la violencia engendra violencia. La solución no está en el exterminio, porque, más tarde o más temprano, la hidra renacerá. Las guerras libradas desde el 11 de septiembre han segado millones de vidas, inocentes en su gran mayoría, personas que, como cualquiera de nosotros, tuvieron familia, trabajaban o estudiaban, alentaban sueños individuales de porvenir. La guerra trajo torturas y vejaciones. Infligir sufrimientos indecibles en lo físico y en lo moral a un ser humano atado con cadenas es la forma más eficaz de ir sembrando odio en quienes lo padecen y en cuantos contemplan desde lejos las imágenes del dolor de sus semejantes.

El poder hipnótico de la imagen induce a la amnesia. El impacto de hoy borra el recuerdo de ayer. El terrorismo erigido en acción sistemática tiende a provocar el pánico. El horror ha dejado de tener una localización geográfica distante. Todos perciben la realidad concreta de su propia vulnerabilidad. Sobrecogidos, cerramos paso a la reflexión necesaria. En ese vacío de la conciencia, se toman decisiones costosas. Pueden modificarse leyes y abrirse nuevas fuentes de conflicto.

No soy creyente. Pero Francisco, el Supremo Pontífice, con una autoridad acrecentada por su obrar desde la Santa Sede, advierte al mundo sobre las señales de una tercera guerra mundial. De ocurrir así, sería la última y definitiva para este hermoso planeta. La paz es un sueño irrenunciable. Para conservarla, hay que delinear el perfil de los contendientes verdaderos. Hay que hacer, así mismo, el catálogo del armamento disponible a merced del capital financiero. Sin aspirar a una contabilidad exhaustiva, me remito a lo más conocido, desde lo convencional hasta las químicas, biológicas, nucleares, complementadas hoy por las derivadas de la robótica. A mi entender, lo más innovador opera en el campo de la cultura con sus ramificaciones en la educación y en otros componentes de formación humana. Invadidas por el dominio del espectáculo, fábricas castradoras del pensar autónomo, imágenes y sonidos seducen, conforman modelos y valores, difunden lo insustancial y lo efímero. En términos militares, preparan el terreno con el ablandamiento necesario. Su efecto desnaturaliza la noción de cultura, vía de conocimiento y de creación humanas. Ante esa realidad invasiva, no se trata de demonizar, sino de trabajar y de construir, de preservar identidades sustentadas en la fe profunda, en la capacidad de nuestra especie para actuar en favor de su mejoramiento y salvación.

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