París era otra presa

Autor:

Enrique Milanés León

La revista Forbes, ese gran espejo mediático que compara milimétricamente a los de arriba, los acaba de ubicar en este noviembre —a algunos de ellos de manera reiterada— entre las diez personalidades más poderosas del mundo. Se llaman Vladimir Putin, Angela Merkel, Barack Obama, Jorge Mario Bergoglio (papa Francisco), Xi Xinping, David Cameron y Narendra Modi. Además de la lista y los grandes titulares cotidianos, todos comparten un elemento: más cerca o más lejos, ellos, con los millones de personas que guían o representan, han sido víctimas de amenazas.

Los mensajes de la intimidación, a menudo escritos con sangre ajena, son enviados por el peor criminal que conoce la humanidad: el terrorismo. ¿Quién manda entonces en este mundo, cuando los más poderosos son retados a duelo —sin ninguna caballerosidad, por cierto— por agrupaciones que reúnen el pensamiento más retrógrado y violento que pueda imaginarse? ¿Qué podrán esperar los menos «poderosos»?

Los desafíos de hoy, que no incluyen solo conflictos entre naciones sino también entre estas con grupos irregulares que emulan el poder de Estados, deciden ni más ni menos si mantendremos la senda de la cordura o si dejaremos que el odio, de un homicida golpe de timón, empuje al planeta a la cuneta del caos. Porque siempre que se escuche la palabra «atentado», es eso lo que está en juego.

Pese al tiempo, la imagen no deja de impresionar: aquellas Torres Gemelas cayendo «inolvidablemente» en Nueva York el 11 de septiembre de 2001 y arrastrando en su desplome más de 3 000 vidas, dejaron en la piel del mundo una cicatriz cuya interpretación llevó a disímiles reacciones que, junto con viejas raíces, condujeron a parte del panorama político actual. La primera respuesta de Estados Unidos fue invadir Afganistán e Iraq, alterar dinámicas tribales, militares y de poder para dejar, al fin, sociedades más divididas y permeables al terrorismo.

En días recientes, cuando París era otra presa del horror, el mundo tuvo que pensar que el mal es uno solo y puede estar, y alternarse, al Norte o al Sur del Ecuador. La consultora de riesgos Aon ha sostenido recientemente que Francia, Alemania y Australia —porque el mal tampoco respeta distancias— viven amenazas de atentados mayores que en épocas recientes, pero el mal presagio involucra también a Reino Unido, Italia, Bélgica, Canadá, Dinamarca, Estonia, Irlanda, Noruega y hasta al mismísimo Sumo Pontífice.

De atacar objetivos cercanos, en sus zonas de influencia —en Siria, Iraq, Libia—, los terroristas del mal llamado Estado Islámico han pasado a dar golpes internacionales que multipliquen el impacto mediático y solapen un tanto los duros reveses que, en el centro de su pretendido califato, vienen sufriendo últimamente. Otro cambio a notar es que crece la convocatoria a «militantes» occidentales a golpear en sus países por sobre la convocatoria a que viajen a Siria, cuyos caminos se cierran cada vez más.

Estados Unidos, la mayor potencia militar de la historia, no escapa al lance. Un video colgado en Internet —porque los terroristas no cuelgan solo a personas inocentes; también colocan sus mensajes en la Red— refiere los planes de Estado Islámico de atacar la nación norteña.

El mismísimo director de la Agencia Central de Inteligencia, John Brennan, reconoció en un foro sobre seguridad que «la agenda de EI es matar y ningún país es inmune; además, los ataques como los ocurridos en París son inevitables».

Tratándose de terrorismo, Moscú sí cree en lágrimas. En los últimos 20 años el país ha sido víctima de sangrientos ataques. Recientemente, una encuesta del Centro Levada estableció que el 48 por ciento de los rusos teme próximos atentados, y el Doctor en Ciencias Históricas Gueorgui Mirski sostiene que ahora Estado Islámico odia más a Rusia que a Estados Unidos y Reino Unido, un criterio fácil de entender a la luz de los certeros bombardeos de las tropas rusas al bastión de los terroristas en Siria.

El video musical Pronto, muy pronto, que EI colocó en Internet con imágenes de una Rusia agredida valida el sondeo y el análisis académico citados.

Sean 25 000, o un poco más o un poco menos, los combatientes extranjeros de EI, lo cierto es que la maldad del engendro no se ciñe a unas pocas fronteras: la consultora Aon estima en más de cien las      naciones de origen de los alistados. Y los recursos para matar no son escasos, de manera que son creíbles los 2 000 millones de dólares que, solo en efectivo, tiene esta fuerza de odio, la más rica en su tipo del mundo.

Armas sofisticadas, ideología totalitaria y abundante liquidez financiera explican la fortaleza de una formación que, como el peor virus, se comprime y expande, muta y se esconde, según las circunstancias. Chuck Hagel, el secretario de Defensa de Estados Unidos, lo resumió de este modo: «Va más allá de lo que hayamos visto antes».

El hecho mismo de que se presenten como un Estado —falsamente Islámico, dicho sea de paso— deja ver a las claras su ambición de ubicación global y su esquema de sostenimiento. En Iraq, que es el octavo productor mundial de petróleo y cerrará el año con una cuantía inédita, EI controla zonas claves del norte que incluyen pozos, plantas de gas y refinerías. Ese mismo poder les permite violar, crucificar, ejecutar, perseguir e intimidar sin ninguna resistencia.

Robin Mills, autor del libro El mito de la crisis del petróleo, afirma que EI ingresa un millón de dólares al día por el petróleo de que despoja a Iraq y que, sumados los beneficios saqueados a este país y a Siria, recaudan más de cien millones al mes.

Las redes de financiamiento son más complejas que eso y a menudo involucran, por canales ocultos de la política mundial, a países que en la superficie dicen combatir el terrorismo. Vladimir Putin —esa especie de «chico rebelde» para los estándares de Occidente— lo dijo recientemente en la Cumbre del G-20: entre las 40 naciones que refuerzan las cuentas de Estado Islámico se encuentran varios miembros de ese Grupo, de ahí que Rusia haya dedicado buena parte de los recientes bombardeos en Siria a destruir la red de tráfico petrolero ilegal que nutre tales arcas.

Otro punto es el de la coalición. Luego de que París anegara el Sena con sus lágrimas y crispara sus puños más alto que la Eiffel, el presidente francés Francois Hollande ha entendido la necesidad de que funcione una sola agrupación de países contra el enemigo mundial y comenzó a coordinar con Rusia acciones militares, pero ha sido larga y poco fructuosa la lucha de Putin porque triunfara esta idea.

«Cuando Rusia ofreció ayuda, Estados Unidos no la aceptó. Nos enviaron una nota en la que escribieron: “declinamos su propuesta”», declaró el jefe del Kremlin, cuyas Fuerzas Armadas han conseguido, del 30 de septiembre a la fecha, con Siria y muy pocos más, mejor saldo que la Armada de Washington al frente de 65 naciones desde agosto de 2014.

Hace apenas seis días, en Turquía, comentando su batalla por una sola coalición, Putin recordó: «Hablé de ello durante la sesión de la ONU por su aniversario 70. Hablé exactamente de eso, y los acontecimientos trágicos que siguieron confirmaron que teníamos razón». Hace falta entonces que las lágrimas recientes no impidan ver que el «objetivo» no es solo la hermosa París y que el eco de las bombas no sumerja al mundo en costosa sordera.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.