A tiempo de no errar

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Lo veo todos los días, y eso me alegra. Tiene el don de hacerme reír, aun cuando en muchas ocasiones el cansancio lo agobia más que a mí. Es ocurrente, cariñoso y no se pavonea, como otros, para hacer gala de su talento, tan grande como su corazón.

Lo mejor de nuestros encuentros diarios es que sabemos que la química fluye entre los dos, y por eso derrochamos optimismo, buenas energías, deseos de vivir. Pocos lo saben y solo algunos ven que en momentos especiales marco mis labios pintados en su cachete para compartir mi alegría, mi afecto y mi gratitud por llamarme «mi hermanita».

Lo sentí más cerca el día que me confesó que vivía con VIH. Mis cejas no subieron a mi frente en señal de asombro inexplicable, ni espeté un grito de: ¡No, no puede ser, no me digas eso! Preferí escucharlo a partir de ese minuto en el que decidió hacerme partícipe de, quizá, lo más importante de su vida.

Supe de su error, mejor dicho, del error de su pareja  años atrás. Y aunque imaginaba mientras me hablaba que los primeros tiempos de saberse «distinto», seguro le fueron muy difíciles, mi mano no dejó de apretar la suya. Quise abrazarlo, aunque no lo hice. Ni aun así hubiera podido demostrarle la magnitud de mi admiración.

No me ciega el sentimiento, él es grande. Lo es porque desbroza obstáculos todos los días, como los que puedo tener yo o usted… en su trabajo, en la guagua, en el agro, en el barrio, en cualquier escenario donde convive conmigo, con usted, con todos.

No se deja vencer por tristezas, dolores o rumores. Le tiende la mano al que le haga falta, aunque en otro tiempo esa persona no lo haya hecho por él. Quiere bien a los que le rodean, que no pueden resistirse a quererlo también. Entonces yo comprendo, a diario, que la autenticidad de su ser no se puede nublar ni siquiera por la rigurosidad que trae una vida con el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida.

Como él, alrededor de 23 800 personas en el país portan el virus y reciben atención, cuidados y lo necesario para su tratamiento médico. La mayoría, como él, son hombres que tienen sexo con otros hombres, y jóvenes muchos de ellos, hacia los cuales la labor de educación y promoción de la salud debe ser más intensa.

Cuba arriba a esta jornada del último mes del año en la que se conmemora el Día Mundial en Respuesta al VIH/sida aunando esfuerzos para alcanzar la meta regional 90-90-90. Tenemos uno de los índices más bajos en el continente pero aun así se anhela lograr el diagnóstico del 90 por ciento de las personas portadoras del virus, lograr que el 90 por ciento de los que requieran el tratamiento antirretroviral lo reciban y lograr, además, que el 90 por ciento de quienes son tratados tengan su sistema inmunológico y virológico estable.

Igualmente, luego de una revisión rigurosa, este año Cuba se convirtió en el primer país en validar la eliminación materno-infantil del VIH y la sífilis congénita, con la certificación de la Organización Mundial de la Salud.

No cesa el empeño de los que desean que el país siga ostentando cifras bajas de contagio en relación con otros para que la epidemia ya no constituya un problema de salud. No sería posible erradicarla del todo, pero reducir cada vez más su magnitud se alcanzaría si los niveles de sensatez y cordura individual fueran lo suficientemente sólidos como para no ceder a las tentaciones sin estar debidamente preparados, y como para no trasgredir los límites éticos.

No estigmatizamos a nadie, no vamos por la calle señalando con el dedo al que se equivocó una vez, pero sí anhelamos una juventud más sana, más responsable… que sea capaz de cuidar más su vida.

Crecerse no es nada fácil, y hay quien no está preparado para echar a andar con una historia clínica «peligrosa» bajo el brazo. Los que sí pueden hacerlo, como mi amigo, merecen ovaciones y aplausos, pero también una vida plena. Cada cual construye su camino, y siempre se está a tiempo de no errar mientras se transita por él.

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