Al final del segundo inning

Autor:

Yunet López Ricardo

Otra vez, ante carreras y quietos en base, los días del Coloso del Cerro son agitados. Como en cada Serie Nacional, de Béisbol se llena el aire. Por el calor de miles el Latino no siente frío en diciembre, vuelve a respirar bullicio y proponer rositas de maíz; contempla manos que se alzan sobre la cabeza, símbolos deportivos en los rostros, trompetas, swings, pelotas cobardes o voladoras, pies apresurados que tocan home...

Pero no solo de outs y cuadrangulares conoce el estadio capitalino, pues hace 60 años, cuando aún era Gran Stadium de La Habana, un domingo a mediados de los 50 del siglo xx lo hizo olvidar bates y strikes para convertirlo en escenario de protesta contra el gobierno de Batista.

Transcurría el último mes del año 55. Desde julio Fidel se encontraba en México preparando la Revolución y reuniendo fuerzas para la futura lucha armada. No obstante, el movimiento estudiantil cubano se hacía sentir con fuerza en la Isla.

El mes anterior, la voz clara de José Antonio Echeverría, durante un acto celebrado en el Muelle de Luz, por vez primera condenó los crímenes del Ejército contra los moncadistas; en las calles habaneras los jóvenes conspiraban. Nuevas ideas surgían y el panorama afirmaba que el momento no era político, sino insurreccional.

Los muchachos de la Colina estaban decididos a no reposar en la lucha; y el día 2, por actividades contra la dictadura cayeron presos el presidente y vicepresidente de la FEU, José Antonio Echeverría y Fructuoso Rodríguez, respectivamente. Sin embargo, nada frenaba el deseo de liberar al país. Y allí estaba Juan Nuiry Sánchez, electo Secretario General ese año, para asumir la dirección. Ya el día 3, en la Casa del joven universitario Luis Blanca, 22 muchachos escuchaban atentos cuáles serían los próximos pasos de la organización.

Dos acciones sucederían: un mitin relámpago en el parque de diversiones Coney Island esa misma noche, donde tendría lugar la premiación de Miss Televisión, y otro al día siguiente en el estadio del Cerro.

No imaginaban los más de 50 mil espectadores, ni los peloteros de Habana y Almendares que el inicio de la tercera entrada del juego guardaba más que vítores. Sería ese el segundo desafío de la tarde. La televisión lo transmitiría, pero para que no existieran casualidades, Nuiry avisó al canal 6.

Estaban listos para «asaltar» el Coloso. Nuiry preguntó a los muchachos si tenían dinero, les dio para que fueran en guagua y entraran al estadio, pero aseguró que no les haría falta para el regreso, pues sería gratis.

Con una gorrita, para que no lo reconocieran, el jefe de la acción ordenó que al tercer out del segundo inning debían tirarse al diamante. Entre el público, a medida que avanzaba el juego, podían distinguirse los ojos despiertos de algunos, los pasos impacientes de otros, la seguridad de todos.

Llegó al fin el out esperado y cuando el árbitro cantó, la banda de primera miró a Nuiry salir al campo con diez hombres. Los otros, dirigidos por Marcelo Fernández y José Smith Comas, lo hicieron por tercera.

Llegaron a segunda base, abrieron la tela y caminaron hasta  home. La policía no tardó en responder y «nos estuvieron dando palo hasta que perdí el conocimiento», recordaba Nuiry.

Pepito Smith Comas, un hombre con una fortaleza admirable, después capitán de la vanguardia del Granma, fue el único que le dio un piñazo a un policía y lo tiró. Horas más tarde, el golpeado «agente del orden» lo buscaría para darle una tanda.

En medio de los puñetazos y forcejeos, el árbitro Amado Maestri, en defensa de los jóvenes, se antepuso en el diamante. Asombrados y a la expectativa estaban los ojos de Eddy Martin y René Molina, narradores deportivos del encuentro. Ante ellos no sucedían los tradicionales home run y anotaciones, pero describieron aquello como si fuera un juego de pelota.

La historia ponía otra vez a los estudiantes en el terreno. Tres años antes ese mismo césped había sentido la protesta de un grupo de revolucionarios encabezados por José Antonio Echeverría. Ahora los revolucionarios estaban nuevamente al centro del Gran Stadium, y más que interrumpir el partido entre Habana y Almendares, un equipo Cuba de 22 jugadores apostaba por la libertad al final del segundo inning.

Durmieron esa noche en la estación de la Calzada del Cerro, donde continuaron los golpes, pero el pueblo pudo ver en vivo y en directo todo lo ocurrido. Era la juventud intranquila ante una Patria con el insomnio de una dictadura. Los hijos más nuevos de Cuba estaban peleando por sus sueños, ya sea en la clandestinidad de Santiago, las aceras de San Lázaro, los ranchos de la tierra azteca o en un juego de beisbol.

De la prisión al Hospital de Emergencias; y hasta allí, donde estaba ingresado Nuiry bajo custodia debido a los sucesos del Estadio, llegó María Laborde, representante del Frente Cívico de Mujeres Martianas; y le llevó un mensaje: «Dice Fidel que si ustedes piensan tumbar a Batista antes que él llegue a Cuba».

Ya han pasado 60 años desde aquella tarde. La mayoría de los muchachos que «tomaron» el Latino, sin dinero para el regreso y guiados por Nuiry, solo perduran en la memoria. Pero esas horas del cuatro de diciembre, cuando Cuba dio un home run con bases llenas que vio todo el pueblo, inspira a evocar la historia, sentir, escribir.

Los jóvenes de hoy se lanzan al estadio para celebrar las victorias de Industriales, Santiago... y en esas alegrías viven aquellos, los universitarios de la FEU de José Antonio, el esperado out del tercer inning, los puños de Pepito Smith, las palabras de Fidel; y sin carreras ni quietos en base, nos trasladan, una vez más, a uno de los días más agitados que ha tenido el Coloso del Cerro.

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