Héroes con nombre

Autor:

Osviel Castro Medel

Las imágenes de aquel 7 de diciembre me llegan con una nitidez pasmosa, a pesar de que ya han pasado 26 años justos.

Tal vez la fijación en la pared resbaladiza de los recuerdos sobrevenga por haberme convertido en gota de aquel mar humano que, entero, reverenció osarios gloriosos de soldados. O por haber visto la lágrima larga que se hizo sal en el paladar de un compañero de escuela. O por tener el privilegio de haber rozado a los que llegaron con el escudo desde lejanas tierras africanas.

Lo cierto es que, sin comprender entonces la repercusión de la jornada, ese día fue eco para mí y también para millones de cubanos que empezaban a estirar sus anatomías. Fue referencia obligada para un país completo. Marcó un antes y después para millares de compatriotas que se curtieron en el ejercicio del internacionalismo verdadero y retornaron a casa sin un milígramo de marfil.

Hoy, a 26 años de la culminación de aquella gesta de justicia que cambió un continente y hasta el mundo, los rostros anónimos de esos héroes y mártires regresan. Y volvemos a venerarlos junto al Titán bravo caído en Punta Brava, por todo lo que hicieron para y por la historia.

Sin embargo, el gesto colectivo debería llevarnos, también, a recalcar que esos seres humanos necesitan todos los días del mundo el acicate espiritual y material que los haga respirar más fuerte y les espolee la vida.

Ellos no pueden convertirse en figuras ocasionales de una fecha signada, a las que se acuda solo a la hora del recuento o de la charla incluida en un plan de trabajo. Ellos, sin excepciones, deberían vivir en el latido diario del país y de sus instituciones porque la obra de justicia que edificamos no admite olvidos lacerantes ni abandonos tristes.

Sucede que, de vez en cuando, algunos se vieron sin el reconocimiento imprescindible o sin la recompensa moral —más allá de la presea—, que no significa un privilegio.

Ahora, un día después de la evocación, valdrían también unas preguntas no siempre contestadas: ¿Tienen flores siempre los sepulcros de los que dejaron su sangre generosa en la selva? ¿Reciben atenciones en cada fecha sus familias? No les deberían faltar unas ni otras.

«En ocasiones, damos la apariencia de que nos desviamos de nuestros sueños de fraternidad, ya por la desidia de los burócratas, ya por la pereza de ciertas instituciones», decía textualmente un trabajo periodístico publicado en estas páginas, titulado El dolor del olvido, que versaba sobre los descuidos involuntarios con algunas de aquellas personas que tanto ayudaron a edificar la patria y hoy no están en nuestras estrofas cotidianas.

El comentario hablaba de las omisiones de esos nombres que, por razones injustificadas, se volvieron escarcha. Y decía que el funcionamiento de las instituciones se hacía efectivo cuando aterrizaba en el corazón y la piel de los seres humanos. Terminaba agregando: «No hay una caja mágica que, desde arriba, cure las sinrazones y las ingratitudes. Las soluciones a los olvidos radican en quienes deciden abajo y hasta en el medio».

Este diciembre esas letras conservan plena vigencia. Tras la fecha de cumbres y glorias tenemos que seguir comprendiendo que junto a la remembranza, a ellos no les puede faltar el símbolo de todo aquello que no se marchite. No pueden faltarles la atención, el miramiento y el afecto eterno.

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